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domingo, 8 de mayo de 2011

Forma


La huella indesmentible del piedrazo como tela de araña filosa sobre la ventana y un gran orificio al centro: sol futurista y radiante de letales rayos; la marca ahora, estaba sostenida burdamente por un abundante enhuinchado de "scoch" y nada en el resto de la casa delataba la tragedia. Un enorme gomero proyectaba la sombra de sus grandes hojas en las baldosas de la terraza y al fondo, una pequeña bicicleta rosada y un coche de muñeca parecían recién haber sido dejados ahí. 


Cada fragmento cortado por el azar del impacto es, en la medida justa y diversa, una marca impoluta, su forma perfecta -cuajada en el estallido del golpe- no trasluce la sangre de la cabeza destrozada por  la piedra. Por el sitio eriazo aledaño -de zarzas crecidas y enredadas en una maraña de ramas y alto pasto seco-  había emprendido la huida sin saber como, con la mente enfocada solo en saltar el muro y el cuerpo desbocado de adrenalina expeliendo el rencor acumulado y enconado; la llaga, que supuraba inquina a diario ahora parecía una herida liberando su pus, limpiando hasta rasparle.  Hacer justicia y cobrar venganza son dos modos distintos para decir la misma cosa pues no hay reparación ninguna ni en la una ni en la otra. Imposible. La pérdida es tal cual la seña aguzada e imborrable del peñasco en el cristal.



Mientras corre como un desaforado por los pasajes, sin mirar atrás, ni una sola maldita vez, seseando por los callejones, laberintos éstos que conoció de niño, lo único que conoció, casi. Mientras corre se ve nuevamente gritándole en medio de los sollozos a su madre que sollozaba también, que lo mataría, gritándolo con el alma (sabiendo que era cierto lo que decía y que iría a cumplirlo). Se ve corriendo igual que ahora, pero sin miedo; tan sólo queriendo llegar a las cuatro en punto al frente de esa ventana y sacar el "camote", una tremenda piedra del tamaño exacto para su cometido, ni muy chica, ni muy grande, lo suficientemente pesada para traspasar el vidrio y lo suficiente liviana para lanzarla con mucho impulso. Corriendo, desdoblado de su cuerpo como si él también hubiese muerto, sintiendo el placer de estampar su venganza;  y efectivamente llega exactamente a las cuatro, y ejecuta todos sus movimientos limpia y velozmente. El tipo se sienta, de frente a la ventana, sobre la mesa una botella de vino sin abrir y un vaso, vacío. La piedra agujerea el vidrio y pasa rauda hasta impactarle en medio de los ojos, la energía del impacto lo vota hacia atrás y su cabeza se azota de lleno contra la pared.

lunes, 25 de abril de 2011

Intrusión (Re Lato y Re edición)

Imagen del álbum de Pink Floyd "The Division Bell"
Aquella mañana, con el mismo movimiento automático de todas las mañanas, abrí el correo y su nombre en la bandeja de entrada me dejó estupefacto. Imposible creer que un muerto me estuviese escribiendo. Y no cualquier muerto además, si no uno que había aparecido en las primeras planas de todos los diarios, cuyo nombre se había pronunciado hasta el cansancio en las emisoras radiales y en los noticieros de la  televisión. De no ser por ello, jamás hubiese recordado que con Aníbal Verdejo habíamos compartido aulas escolares en la infancia. En rigor, no lo recordaba; difícilmente podía yo evocar las fisonomías de esos compañeros confinados en la niebla del tiempo y del olvido, sin embargo, por esas misteriosas tretas de la mente, la sucesión de apellidos que configuraba la lista -que a diario- el profesor de turno entonaba cual letanía; ese rítmico recitar de identidades encapsuladas en nomenclaturas llamadas nombres, esa progresión, jamás se borró de mi memoria. Y tampoco hubiese yo constatado dicha destreza (inútil por cierto) de no ser por la sangrienta y masificada noticia. Bastó que escuchase esas dos palabras: Aníbal Verdejo, para que como en una cascada cayesen uno a uno aquellos apelativos sin rostros. Mas, el asunto fue que en medio de la batahola mediática que causó el cuerpo desmembrado de Verdejo, desperdigado por numerosos sitios "nada santos" de la ciudad, aparece este mensaje suyo en mi correo electrónico y en cuyo asunto y con mayúsculas se enfatizaba: esto no es una broma, soy yo, Aníbal Verdejo, camarada suyo en el Instituto Pacífico. A continuación me indicaba día, hora y lugar para encontrarnos. Por supuesto pensé que se trataba de una broma. De pésimo gusto claro está. ¿Pero quién y para qué querría mofarse de mi y del pobre difunto de esta manera?. Pensándolo bien era más macabro que un vivo se interesara en descolocarme de tal modo a que el mismísimo Aníbal se estuviese comunicando conmigo desde la ultratumba. A decir verdad, nunca supe si este Verdejo era el mismísimo Verdejo ni si este mismísimo Verdejo correspondía efectivamente al infante ( o más bien al nombre del infante)  que  yo recordaba en la nómina escolar.

No paró de hablar. Parecía repentinamente liberado de un perpetuo silencio. Se enfrascó en un monólogo que deambulaba por una serie de tópicos que en un principio me parecieron inconexos hasta que no se si él, o yo, o ambos o un artilugio fuera de nuestras conciencias, estableció una lógica tan taxativa como la sucesión de patronímicos y sus consiguientes respuestas: presente o ausente. La ausencia era gritada a voces por todo el curso. Esta dialéctica amputó de cuajo mis propios racionamientos y, simplemente, acepté con absoluta normalidad la absurda situación a la que me enfrentaba. Cuando llegué al estadio, el mismo al que ibamos de niños durante las clases de Educación Física y le vi, mórbido, con un bigotillo imberbe que parecía perderse en medio de los mofletes; no pude evitar pensar en el arduo trabajo que hubo de tener el criminal para descuartizarlo y avergonzado de tan cruel pensamiento, intenté evocar al Verdejo de la infancia. Nada; mi cerebro no registraba a ningún alumno gordo ni con esos ojos grises tan tristes ni con ese pelo cobrizo ensortijado ni con ese don seductor de la palabra.  Luego de una serie de filípicas que ahondaban en tortuosos recorridos por la soledad y la devastación y en las marcas recalcitrantes que los traumas dejan para siempre; me solicitó le hiciese un favor, una simple ayuda que me permitirá por fin  -dijo- desprenderme de esta pesada anatomía y disfrutar de la ingravidez que ni siquiera la mutilación ha logrado darme. 


Lo hice, llevé el sobre a la dirección que me indicó; un caserío a mal traer y aparentemente deshabitado. Tras haber dado fuertes golpes al portón sin haber obtenido respuesta alguna, una punzada de terror se me clavó en el estómago al pensar que había caído en una alevosa trampa, que sostenía en mis manos evidencia incriminatoria, que en cuestión de horas sería yo sindicado como el psicópata descuartizador de Verdejo. Sentí el crujir del picaporte, la pesada puerta se entreabrió y la cabeza rapada de un muchacho apareció ante mi. Sus ojos se clavaron en el sobre, de un manotazo me lo arrebató y sus mejillas se cubrieron del característico rubor de la verguenza.


Al llegar a casa, encontré en el buzón la cuenta de internet; al leer la factura reparé en que Abarzúa, mi apellido, siempre fue el primero de la lista.

martes, 29 de marzo de 2011

Centinela

Con la cabeza caída hacia un costado, los ojos prominentes, fijos en un horror que será perpetuo, el cuerpo de Jacinta Lillo cuelga del olmo centenario que corona el vetusto jardín del Centinela Hotel. La gruesa soga ha cercenado un  poco su garganta. La boca desfigurada babea saliva y sangre sobre su hombro. Parece un agujero sin labios, la boca. Un agujero abierto por el estertor de la asfixia. Por la nariz gotea un líquido espumoso y parduzco, y una cruz de plata conserva intacta su posición sobre el pecho. La tormenta, ensimismada, yace contenida en las grisáceas nubes y en el ímpetu del viento. La llovizna cae sin tregua, haciendo más noche la noche.

La muerte no se lleva aún toda su sangre, todavía no la cubre con su mortaja cerosa y amarillenta, la sangre muere de a poco, la sangre muere después y lento. Cierta vividez se rehúsa en sus mejillas y en la tierra mojada y blanda, sus zapatos que han debido soltarse con los últimos espasmos, comienzan a flotar en un charco de lodo y pasto y un perro vagabundo husmea, seguramente atraído por el olor a orines y a heces. 

El Centinela Hotel lleva ese nombre por el gran ojo art decó que ornamenta su fachada y por estar encumbrado en una loma, a espaldas de un ínfimo pueblo que en el siglo pasado tuvo su gran momento. Pero eso es pasado. Hoy, del Centinela sólo queda un manchón negruzco y deteriorado sobre la colina, las rosas han sido devoradas por malezas, zarzas y florcillas silvestres. Perviven algunas crónicas y recuerdos desperdigados. Y el olmo, siempre altivo e imponente. Hoy, de tarde en tarde, quizá por cual ejercicio del azar, aparece un visitante preguntando por alojamiento. Como Jacinta hace 10 días según consta en el libro de registro llevado ordenadamente y con minuciosa caligrafía por su anciana dueña.

Antes que amanezca, se desate la tormenta y la dueña del hotel de aviso de este macabro suceso, antes que aparezca la dotación en pleno de pequeño retén, la ambulancia del policlínico y el juez de turno traído desde la capital de la provincia, es necesario saber que la  difunta tenía 44 años, soltera, sin hijos, vivía de algunas heredadas rentas. Una tarde calma de domingo, rebuscando en el baúl donde guardaba las pertenencias de su madre encontró, al interior de un destartalado misal, una invitación ajada y amarillenta. Este hallazgo provocó en Jacinta una conmoción inusitada “Estimada Alicia, la presente tiene por objeto invitarte a pasar la temporada estival en Centinela Hotel. Esperamos recuerdes gratamente los momentos vividos en años anteriores y podamos contar con tu presencia. Ya han hecho sus reservas el Dr. Jaugeri, Elisa y Laura y nuestro infaltable Don Rigoberto. Esperamos verte, Aurora y Ramón. Confirma pronto pues bien sabes que en Enero el Centinela se copa. La Piedra,  1° de diciembre de 1963“  Observó detenidamente la fecha, la letra prolija y los nombres de los varones mencionados. Una serie de emociones intensas surgieron de su interior como una marea incontrolable. Su madre siempre se negó tenazmente a revelarle la identidad de su padre. Se cansó de preguntar y recibir como respuesta un inalterable silencio. Y ahora llegaba este papel amarillento a sus manos así tan fácilmente. Se había cansado de rebuscar en cajones datos, fotos, cartas y debió conformarse con la cruz de plata que su madre puso en su cuello diciendo: esto te lo dejó tu padre. Finalmente, guardó para sí, la incertidumbre y la tristeza. Mas, esa sombra  siempre volvía  y la perseguía nuevamente. Al día siguiente y sin mayores preparativos, tomó un bus rumbo a La Piedra. Cuando, tras un largo viaje, Jacinta llegó al Centinela Hotel, se sintió invadida por un sinnúmero de sensaciones  encontradas, un hermoso lugar, sin duda. Pero también siniestro. Desde la altura en que se enclavaba la construcción se tenía una impresionante panorámica de un mar bravío e impetuoso. Su arquitectura mantenía el sello de su estilo a pesar de la pátina del tiempo y, a pesar del menoscabo, aún encandilaba con su belleza. Una belleza perversa, sobreviviente en el deterioro. Aurora no ocultó la algarabía que le produjo la llegada de un visitante. Fue tan efusiva y cariñosa que Jacinta se sintió intimidada.

El comedor era un amplio y lóbrego salón. En una de sus esquinas había un clavicordio, en otra una estantería llena de libros, todos de tapas duras y colores oscuros. Una mesa de madera noble y sillas de estilo en el centro del cuarto. Antiguas lámparas de lágrimas cargadas de polvo y dos grandes ventanales cubiertos por unas gruesas cortinas de felpa verde. Aurora resultó ser una viejecilla parlanchina y sorprendente, le impresionó su agilidad y la lucidez de sus comentarios y argumentos. Se le veía luminosa, vestía un delantal con dibujos multicolores que le daban un aire de niña pintoresca… pero pronto esas primeras impresiones cambiarían radicalmente. Cuando Jacinta vio el cadáver del animal entero sobre una bandeja de plata creyó vomitaría de inmediato. Aurora comió con ansias y también bebió profusamente. Su avidez unida a una retórica blasfemante provocaron en Jacinta un temor extraño, preñado de deseo, deseo de saber lo que siempre le fue vedado. Como si la vieja supiese de su ansia, la invitó a recorrer las dependencias del hotel y cada habitación en la que entraban detonaba alguna anécdota profusa en detalles, detalles que iban tornándose cada vez más escabrosos y perversos. La vieja parecía conocer al revés y al derecho las vidas de los que habían sido sus clientes y se regocijaba ventilando sus miserias y tropiezos. Junto a muchos otros ya habían aparecido sobrados antecedentes referidos al tal Rigoberto, al Señor Jaugeri, a Elisa y Laura. Jacinta sentía el latir agitado de su pecho ante la perspectiva de escuchar el nombre de su madre enredado en esa lengua maléfica. Pero no era nombrada y no sabía realmente que la inquietaba más, si enterarse de algún obsceno secreto de su progenitora o constatar su ausencia en la truculenta memoria de la anciana.

Al ir acostarse, se sentía horriblemente. La verborrea de Aurora retumbaba en su mente, amplificada. No durmió nada y en medio del insomnio ya había decidido que se marcharía a penas despuntara el alba. Pero no pudo. Confiada en que a esa hora, la nonagenaria estaría profundamente dormida, mayúscula fue su sorpresa cuando se la encontró a boca de jarro en el rellano de la escalera. Vaya, que bien, dijo, haciendo caso omiso de la maleta que la delataba -eres tan madrugadora como yo-. Ven, acompáñame al gallinero, tendremos huevos frescos para el desayuno, de paso le tiramos el cogote a la Colorá, ¡mira que la tengo en engorda desde hace semanas! ¡nos haremos un buen caldo!. Venciendo su malestar, Jacinta tragó el desayuno y se resignó a seguir escuchando sus peroratas, acicateada, a su vez,  por la curiosidad, en espera a que de un momento a otro la vieja dijese: Ah!, pero si no te he contado nada de Alicia…  pero no sucedía y los minutos cada vez parecían más interminables.

En la tarde y contra todos los malos augurios de la anciana, se encaminó hacia al pueblo. Varias veces estuvo a punto de decirle que se marcharía, pero inexplicablemente las palabras se atoraban en su boca. Algo indescifrable emanaba de Aurora, algo que le impedía simplemente irse. Creyó que encontraría alivio al deshacerse por un rato de la veterana. Se detuvo junto al olmo maravillándose con su grosor y su estatura. Reparó en los románticos corazones y diversos nombres grabados en su corteza, sus ojos buscaron ávidos el nombre de su madre. Tampoco. Tampoco el árbol la recordaba. Enfiló por la bajada y a poco andar, se dio cuenta que eran ciertas las advertencias de la vieja: el sendero era extremadamente resbaloso y empinado, varias veces trastrabilló y el tintinear de las piedrecillas rodando, la nube de tierra rojiza que iba levantando, las negras nubes que de pronto aparecieron sobre su cabeza, el viento intempestivo, su cuerpo que se abalanzaba para despeñarse sin responder a sus esfuerzos por frenarlo. Despertó sobresaltada. Aurora a un costado de su cama la miraba sonriente. Por fin abres los ojos mujer, el doctor dijo que estarías inconsciente unas cuantas horas pero han sido unos cuantos días, exclamó lanzando una risotada. Te lo advertí, eso te pasa por porfiada, te pilló la ventolera, te caíste y te diste tremendo chancacazo en la cabeza, es que viene un temporal de padre y señor mío. Si quieres recuperarte tienes que comer, así que nada de mañas y a devorarse esta apetitosa cena. Con suma destreza la acomodó entre dos mullidos cojines, dejando sobre sus muslos la misma bandeja donde había yacido el puerco. El plaqué estaba lleno de salpicaduras de sangre seca. Salía vapor de la marmita de fierro. Adentro, en una sopa aceitosa, flotaban unas patas seguramente del mismo animal.

Así, Jacinta se encontró en esa cama a merced de la  alimentación y las habladurías de Aurora. Paulatinamente, la vieja fue silenciándose, trocando las palabras en acciones y gestos, en una permanente y aguzada vigilancia; a veces transformada en diligente enfermera, a veces en adusto gendarme. Jacinta fue debilitándose ante su dominio y se diluyeron las fronteras entre el sueño y la vigilia. El Centinela fue entonces ese ojo colosal que la escrutaba poniendo en entredicho su existencia. Mientras más se minaba su voluntad, más necesaria se hacía la anciana: limpiaba sus vómitos, la peinaba, la maquillaba, la perfumaba. Abría con tenacidad su boca obligándola a tragar espumosos brebajes y compotas espesas. A ratos, Jacinta intentaba sonsacar alguna información referida a su madre diciendo en tono zalamero, hábleme de otros huéspedes, seguro que las historias más sabrosas no me las ha contado, la anciana respondía con un tirón de pelo, un pelliscón, un bofetón suave a medio camino entre la broma y la evidente hostilidad. 

La víspera de su muerte, armándose de valor, Jacinta lanzó lejos el plato que la vieja le ofrecìa y la escupió groseramente, es admirable como usted recuerda a tanta gente –exclamo incisiva- y sin embargo a mi madre nunca la menciona. ¡Ella fue su huésped muchas veces, usted lo sabe!. ¿Y su marido, porque nunca menciona a su marido?. Eres la copia fiel de Alicia, respondió furiosa clavando sus ojos fulgurantes en la cruz de plata. Ramón y esa zorra mal nacida cometieron el más vil de los pecados, la traición -espetó con voz esperpéntica- al tiempo que sacaba la soga del bolsillo de su delantal y con un chasquear de dedos hacía entrar al hombrón que le ayudaba con la leña y otros menesteres que requerían esfuerzo. Jamás volví a saber de Ramón. Nosotras tampoco, contestó Jacinta con un hilo de voz mientras la cuerda caía en su cuello y la cruz parecía palpitar sobre su pecho.



sábado, 19 de febrero de 2011

Intemporal

" Porque el olvido es
una de las formas de la memoria
su vago  sótano
la otra cara secreta de la moneda "
Jorge Luis Borges


Con su respiración como única testigo, ruborizado se pregunta que hace aquí sentado en el transcurrir de todos los días. Y es éste un mero decir, ya que el olvido se los traga sin clemencia y del relato de su existir tan sólo su cuerpo queda: esa constatación de su estar sentado aquí en el acontecer que se desgrana, minuto a minuto y sin medida.  


¿Qué fue de lo vivido, dónde está la fragua de sus semanas y sus meses, a dónde han ido a parar la casa con árboles frutales, el negocio de abarrotes, los autos, los paseos y las fiestas? ¿en qué rincón de esa cripta yace, la historia de amor que parió a los hijos, dónde las edades cumplidas, dónde su porte?. Hebra ausente en la urdiembre del universo, hilvana remembranzas intermitentes; el vacío en el que se refleja, devuelve a veces episodios nítidos y certeros, destellos que se transforman en dentelladas de la conciencia - soy un viejo, todos están muertos -.


Cuando las musas de su memoria le visitan, el abre sus puertas con regocijo y se hace pasar y se ofrece asiento frente a frente. Aquel niño sostiene su mirada como si fuese un amoroso dios que viene a rescatarlo y él se observa en sus rasgos y en sus gestos y se siente cobijado y lo alienta, sonriente, para que narre los hechos, las personas, los lugares, los objetos. Perdiendo el pudor adquirido a fuerza de ser hombre, llora. Y ese viaje de regreso a lo remoto, el pespunte primero, restablece  el sentido de su respirar sentado aquí en medio de estas horas ajenas. 


En esa sagrada intimidad los bellos espectros regresan: su lejano pueblo nevado, el río y la iglesia, su casa, su escuela; los cantos, las travesuras y los retos. Las comidas sabrosas de su madre, el martillar de su padre carpintero, las monedas del abuelo, el tío sastre, sus hermanas pequeñas. Entonces este aquí reconquista su latido. Vuelve el pulso al firmamento. Se repara el suelo donde pisa y es posible asir la inadvertencia. Nada importa la omisión del tiempo venidero -la vida toda- basta la certeza de la infancia, basta la emoción de aquel comienzo cuando la existencia, como hoy, era una página nueva. 


" Hay quienes imaginan el olvido 
como un depósito desierto
cosecha de la nada y sin embargo
el olvido está lleno de memoria "
Mario Benedetti

lunes, 18 de octubre de 2010

Depredador

Sentada en la barra del bar, con el mezcal infiltrándole la sangre, comenzó a fraguar su liberación.  Era una sensación nueva y extraña. Pero, sobre todo, impensadamente gozosa. Ella que siempre había sido tan bienhechora, tan obediente de reglas y preceptos,  resistente  a las dudas y a los errores; ahora experimentaba un descontrolado deseo de revancha. Y lo estaba disfrutando sin remordimiento alguno, solazada en las crudas escenas que su mente imaginaba, dejando ir para siempre a la mujer afable y de intachable comportamiento que hasta hace poco, suponía era. La mirada fija en el gusano al fondo de la botella. Calculaba cuantos vasos más de aquel enardecido brebaje requeriría para llegar a él, colocarlo en el paladar y apretarlo con la lengua hasta que crujiese y reventase. El Depredador siempre habitó en su mente como un Ser dentro de su Ser, como las células o las neuronas o los genes; cual el rítmico palpitar del corazón al que no solemos escuchar mientras nos mantiene vivos o la mismísima respiración de la que -la mayor parte del tiempo- no somos concientes. El enemigo siempre estuvo dentro enclavado en una zona clausurada de su entendimiento, imperceptible pero vital, microscópico dueño y señor de conductas y sentimientos, su hombre obscuro, la sombra aterradora, el violador que aterroriza y excita, maestro del disfraz y el antifaz, padre soñado y protector, cautivante y semental macho o nigromante sabio; madre contenedora o amiga leal, niña tierna o confiable anciana. Y ella tan cándida, tan servicial, tan crédula que no ha podido reconocer su innato impulso carroñero, ese que la ha llevado a devorarse sus propias tripas sin darse cuenta. Pero, desde este momento sería ella la ejecutante de su propia carnicería.  

Todo comenzó con aquellas pesadillas. Mas bien, empezó a revelarse. Primero fue el manantial refrescante que de súbito y en medio del desierto aparecía ante ella. Sedienta, arrastrándose por la quemante arena, se veía beber frenéticamente a pesar del cartel que en destacadas letras advertía del agua envenenada. Su compulsivo impulso le impedía percibir en el ansiado y reconfortante líquido la emponzoñada presencia.  Después, esas estrechas plataformas sostenidas sin sostén alguno en un espacio sin límites.  Ascendía por las frágiles escaleras que en permanente vaivén comunicaban una rampa con otra. Tras sus pasos, una silueta obscura proyectaba sombras aterradoras en el vacío. Un diminuto cofre con su tapa abierta la esperaba al fin del ascenso, sin embargo el miedo la cegaba y nunca alcanzaba a ver en su interior. También se veía huyendo, repleta de energía y convicción  corría largo rato sin sentir cansancio alguno hasta llegar a una pieza desconocida, cómoda y bella,  y allí se tiraba sobre una mullida y fragante cama. Disfrutaba la plenitud que sentía. Pero poco duraba. Una mano salida de la nada descorría un poco las cortinas del cuarto y un dedo acusador le apuntaba inclemente. Finalmente, soñó noche tras noche con un descampado polvoriento e inhóspito, territorio demarcado por numerosos peñascos que parecían haber sido distribuidos lógica y concienzudamente; al centro, empotrado en la tierra, un recipiente pétreo tal y como para un sacrificio pre colombino. Allí, desnuda y en cuatro patas, manando sangre por la boca, viéndole fluir desde si misma y hacia la piedra, viendo llenarse el cuenco hasta rebalsarse e inundar aquel terreno baldío; el Depredador,  salpicado de rojo, chapoteando en el inmenso  charco, la penetraba. Estos sueños se repetían incesantes y tan vívidos, que la vigilia llegó a ser una rara irrealidad frente a estos descarnados deambulares oníricos.

Perdiendo toda cordura, influida por estas visiones perversas, su existencia dejó de parecerle impoluta, osó sentirse insatisfecha y asqueada, abandonó la comodidad de acomodarse sin más a los hechos y a las personas. Dejó caer los subterfugios, ajustes,  excusas y justificaciones que mantenían en pie la ilusoria perfección de su vida. Permitió que se ensuciara su inmaculado día a día hasta que hoy entró a este bar, pidió este mezcal y sorbo a sorbo, estranguló a la madre buena, a la buena hija,  la buena amiga,  hermana y compañera; a la alumna buena, a la buena amante,  la buena trabajadora y ciudadana. Con mano firme tajeó sus estómagos y extrajo  sus hediondas vísceras con la destreza de un forense. Luego, con  manos  fieras, cavó un profundo hoyo y enterró allí las entrañas.


" El hombre oscuro de los sueños de las mujeres aparece cuando es inminente una iniciación, es decir, un cambio psíquico desde un nivel de conocimiento y comportamiento a otro nivel más maduro... el sueño lo tienen las todavía no iniciadas y las que ya son veteranas de varios ritos de paso, pues siempre hay ( y habrá) nuevas iniciaciones. "
( C.P. Estés - Mujeres que corren con los lobos- ) 

Las imagenes son creación de Boris Vallejo.

viernes, 27 de agosto de 2010

Escenas de una madrugada sin luna.


Caleidoscopio de trasnochadas luces y agujeros negros de silencio y calma, murmullos resonantes del jolgorio que ya acaba, algunos gritos de euforias pasajeras, chillidos demenciales. En éxtasis o crucificada, la pasión con todas sus máscaras aparece en la penumbra que precede al alba; en una esquina y desenfrenada, con lágrimas y en solitario, en la espera deseosa o como violenta traidora cortando la respiración con sus letales armas.


Sobre una acera, tras una riña, agoniza un hombre calvo mientras su acompañante mira de un lado a otro esperando ver aparecer a la ambulancia. Del sueño de los que duermen brotan fantasmas, mensajes en clave, aladas esperanzas. Más de alguien padece de insomnio y ruega para que la noche se acabe, mas de alguien ruega por lo contrario y acaricia con frenesí y al ritmo de un bolero inolvidable. En esa cama pervive el amor. En alguna otra se desangra. Algunos asoman por el canal del parto y a otros el sepulturero se apronta para enterrarlos.  El capullo de una rosa se abre y - a hurtadillas- primeros besos también abren unos nuevos labios; un pichón extiende por vez primera sus alas y tiemblan imperceptibles las raíces de los árboles.


Expulsada de un golpe hacia la conciencia, abre los ojos, sobresaltada. Busca a tientas el interruptor y su pieza reaparece como salida de las manos de un mago, agudiza el oído, sólo el tenue resoplar de su perro que la mira adormilado. Tres pisos más arriba, un joven apaga el último cigarro y se pregunta si tras la conversación sostenida por horas extensas, el mundo en algo habrá cambiado. Sonríe tristemente, la respuesta ya la sabe. Lo único  seguro es que a la noche siguiente el bar de la esquina volverá a albergar infinidad de utopías y palabras.  El edificio se estremece con ronquidos que, como truenos, parecen venir de todas partes y a lo lejos el ulular de una sirena se acerca, tan solo para comprobar la muerte mientras repunta el día, todavía ciego, todavía niño avergonzado. 


En los extramuros de la ciudad, la mujer del hombre calvo se pasea con su hijo en brazos. Cada tanto mira por la ventana y en su pensamiento se repiten lapidarias, frases de resentimiento acumuladas por años. El niño chilla de hambre. Y en el gallinero, un escuálido gallo, canta. Su canto es tan áspero y duro como el nocturno ocaso. Y la luna  tan sólo polvo de nebulosas, restos de estrellas, extinta diosa en los brazos de la noche humana. 

viernes, 11 de junio de 2010

Entelequia.

No dormirá su habitual siesta a las tres en punto de la tarde. No lo hará,  como tampoco almorzó el acostumbrado estofado de los días miércoles acompañado de su favorito programa radial. No se sentará luego en la mecedora cubierto por un chal ni posará sus ojos en la alfombra hasta convertirse en una greca más. No esperará ver como las sombras penetran el correr de las horas mientras escucha el sube y baja de los ascensores, los vecinos retornando tras otra jornada laboral, el tintinear de las llaves, las pisadas, el sordo sonar de las cañerías, las bolsas de basura cayendo hacia el incinerador. Hoy, es un día excepcional en medio de un crudo invierno. Lo es porque sale de su departamento sin que medie ninguna obligación, ninguna cita, ningún trámite; porque cierra la puerta sin aprehensión y sin rumbo quiebra la rutina impuesta por los años y gira hacia la derecha en sentido opuesto a la ruta de siempre y deambula por vecindarios nunca antes recorridos y las calles, los muros y el asfalto, los árboles y las casas, los almacenes y los autos, son tímidos espectros. Los perros ladran. Pero sus ladridos no son más que un murmullo miserable. Los columpios en la plazas se mecen solitarios. Su mente: baldía. Ilusorio el sentimiento. No puede imaginar y ningún pensamiento le parece razonable. Cae una llovizna gris y en su aliento opalescente se sumergen las cornisas, los adoquines y el cemento. Y esas avenidas, esos semáforos, las luminarias, el río y sus neoclásicos puentes, la cordillera y las nubes encapotadas, desaparecen.  Mas, no se asombra. La dimisión del mundo es tan sólo la lógica consecuente que sigue a su propia inexistencia. ¿Habrá nacido alguna vez? ¿serían su partida de nacimiento, su cédula de identidad, sus cuentas bancarias, toda su documentación, verosímiles falsificaciones, ingeniosas argucias para otorgarle una identidad? ¿podría, de pronto, en un cajón empolvado o entre las hojas de alguna ajada revista, encontrarse de antemano con su acta de defunción? ¿Cómo llegó hasta aquí? ¿o siempre estuvo en este mismo lugar de fantasmagorías anodinas y sosas? 


Nada explica su inanición, su deficitaria sed. En él no hay poesía. La suya no es ni ha sido una vida trágica. Ni dramática ni poetica ni siquiera "normal". No se escribirá en su lápida "se voló la tapa de los sesos bajo los centenarios árboles del Parque Forestal", no perpetrará un magnífico suicidio al mediodía en plena Plaza de Armas frente a la estatua del conquistador. No perecerá de viejo cuidando ovejas en el extremo austral ni curtido bajo el sol nortino de una salitrera olvidada. No se irá junto a sus redes en alta mar bajo una noche sin luna. No se quemará a lo bonzo en protesta por algún endémico mal social, no aparecerá en la crónica roja ni en las sanguinarias listas de espera para ser operado de urgencia en algún hospital, no engrosará las estadísticas de colisiones o atropellos fatales. 


La ciudad es una estela plomiza, un oleaje acerado y sin horizonte, un espacio que sucumbe y abdica. La tormenta se desata y el agua cae sin contemplación. Paraguas que se abren, trancos que se apresuran, aullidos que se confunden con el ulular del viento. Suenan los cerrojos, se cierran los visillos, las chimeneas se encienden, hay un frotar de manos y gélidos vapores que salen de las bocas, y el gorjeo de un pequeño pájaro y un aletear de pulsos y latidos y este hombre imaginario de carne y hueso, de sangre y órganos que vagará concéntrico hasta desaparecer como una gota en la inmensidad.




Perpetrada la entelequia, el perverso narrador emprende el regreso. Gira la manilla y entra. Enciende la radio y saborea un estofado reparador. Tras dormir profundamente en una amplia y mullida cama, se sienta en la mecedora y fija la visión en las grecas de la colorida alfombra. Afuera, la lluvia ruge, torrencial.

lunes, 29 de marzo de 2010

La llave.


Elena es hermosa y está de novia con la vida. Su infancia trepa por la existencia como si ésta fuese un monte en primavera y la naturaleza se doblega ante el verde ímpetu de sus ojos. Conoce lo que pronto olvidará pues transita el umbral de lo que desconoce. 

Domingo, día de visita a la casa de los tíos. El tedio de estas tardes lentas, donde la sobremesa se extiende hasta la hora crepuscular y los adultos se congelan en el pasado y sus recuerdos, se ha ido transformando en un espacio milagroso para ella. De repente nadie la ve. Entonces, mientras ellos se enfrascan en la memoria y tras unos cuantos brebajes comienzan las disputas políticas y religiosas, Elena se dirige en busca del tesoro que hace mucho ha encontrado reservándose su hallazgo sólo para sí. Los laberintos de esta enorme, oscura y añeja casona le han entregado todos su secretos; deambula por esa maraña de escaleras y pasadizos sin temor alguno, acicateada por la recompensa que sabe obtendrá. Ni los chocolates, ni el juguete más preciado, ni los mimos de su padre ni las caricias de mamá, se le comparan. Jamás renunciaría a dicho caudal aunque tuviese que enfrentarse a los monstruos más horribles o a los castigos más infames. Ya ha sobrepasado duras pruebas: extraños olores, objetos desconocidos, crujidos inasibles, dimensiones vacías y empolvadas, arañas que salen de amarillentos papeles, flores mustias en jarrones enmohecidos, sombras aterradoras y un silencio abismal repleto de voces mudas.

La travesía comienza en la cocina -burbujeante como el caldero de una bruja-. La Juana es la hechicera y es tan vetusta y enigmática como la casa en la que sirve desde hace 30 años. Como experimentada maga sabe del arcano que la niña ha descubierto y la niña comprende que la anciana conoce de aquella ignota revelación. Hoy, se lleva un jugoso durazno en el bolsillo. Le gusta sentir la vellosidad de su cáscara entre los dedos aunque termine causándole escozor. También le gusta chupar el cuesco tras haberse deleitado con su carne. Después, la biblioteca. Grandes estanterías atiborradas de libros de diversos tamaños y grosores y una colosal lámpara, cuyas lágrimas de cristal tintinean al ritmo de su respiración. 
Su predilecto es el Barba Azul, lo ha leído al revés y al derecho pero sólo hasta el clímax del relato, podría narrar a la perfección la historia de estas tres hermanas seducidas por este hombre poderoso que les satisface sus caprichos y les ofrece un cómodo pasar lleno de lujos y placeres. Sólo hay una restricción: jamás entrar a la habitación que está en la cumbre del castillo, nunca jamás usar la llave más pequeña del manojo que pende tentadora junto a las demás.  Calabozo y muerte son las represalias ante dicha eventual insubordinación. Sin embargo, una de estas jóvenes mujeres, desobedece. Curiosa, desprendiéndose de la ingenuidad y del miedo, se deja llevar por el deseo de acceder a lo prohibido y conocer lo que le es vedado. ¿Qué sucede cuando la cerradura se abre?. Elena lee, jadeando y con el corazón desbocado, pero, inexorablemente, siempre en ese mismo instante - y privándola del desenlace- la música del piano llega a sus oídos. Entonces, cierra sigilosamente el libro. Espera unos minutos y cuando las armonías, las cadencias, los acordes y los arpegios inundan el ambiente, prosigue su viaje por chirriantes escalones hasta el último escondrijo del antiguo caserón. Allí,  su primo José, ensaya y ensaya para su próximo concierto. Es el orgullo de la familia, con a penas 16 años ya demuestra su genialidad y maestría. Para Elena se trata de un muchacho huraño y solitario. Lo ha escudriñado por el cerrojo y por la delgada ranura entre la puerta y el suelo, y desde esa precaria visión, ha construido formas para este territorio clausurado: la renegrida mancha del instrumento, la silueta encorvada del pianista, sus palmas cóncavas sobrevolando el negro-blanco de las teclas que se hunden bajo la presión amorosa, colérica, frenética, briosa o dulce de sus yemas...  tiembla al pensar que intespestivamente el piano se detiene, la puerta se abre y el joven descubre tamaña intromisión. Mas, ese estremecimiento es mínimo ante los espasmos vertiginosamente deliciosos que arrancan de sus manos. 
El sonido la penetra y ella abre su pureza sin pudor. 

Con las mejillas encendidas, saca la fruta del bolsillo, abre la boca y la muerde dejándose chorrear contra todas las reglas de la buena educación; su sabor y su textura se suman a las sensaciones e intensidades que giran, girasoles gigantes sobre un pastizal sin límites; sembradío de luz, delgado hilo de luna, curvo y centrípeto, caracol de prófugos océanos; marejadas huracanadas llueven pececillos que se descaman sobre las nubes. Elena, el piano, su primo, la biblioteca y el cuento inacabado son ahora una misma melodía que detona como la explosión del origen. 

Cual mariposas excarceladas revolotean las páginas del libro y en la cocina, las sopaipillas con chancaca bullen en la marmita. La Juana revuelve con fruición, alza la vista y sonríe. Rememora cuando infringió la orden del Barba y encajando la llave en la aldaba abrió para siempre la puerta de su propio misterio. 

lunes, 25 de enero de 2010

La Vedette, el Boxeador y la Parca




El motivo de estas líneas es la dramática muerte de nuestro boxeador (Q.E.P.D) que tantos triunfos ha dado a nuestra ciudad. Es imposible referirse a este hecho sin mencionar a las dos mujeres implicadas en el caso: la vedette que lo amó en sus tiempos de gloria y lo cobijó en sus desvaríos postreros, y la Parca (más conocida como La Muerte), quien finalmente se lo llevó. No vaya a pensarse que ésta tuvo injerencia en su vida tardíamente. Que la anduvo tanteando y tentando desde temprano, eso no se puede negar. Como una abnegada custodia lo veló desde el minuto en que amoratado, desnutrido y prematuro arribó  a este mundo en la sala de espera de un hospital. Conocido es el relato de su niñez, historia de desamparo, abusos y carencias. Conocida también la bravía población del puerto donde sobrevivió a combo limpio, a punta de quebraduras y costillas rotas, lidiando con la miseria a costa de hematomas y sangre. Encumbrada en un cerro, vista desde el cielo, esta barriada se asemeja a un agujero que a presión, ha hendido la ladera como si la tierra no hubiese soportado el peso del hacinamiento. Hecha a mano según el capricho de quienes fueron tomándose el terreno y avecindándose y ahora con viviendas milimétricas entregadas por el presidente de turno, tan aglomeradas como antes. Si no se es de ahí, fijo que se pierde en medio de sus vericuetos, atajos y callejones. Y se pierde para siempre.

Recordemos que siendo un niño y para calmar la tripa, se hizo un experto en  robar pescados de los camiones en marcha, saltando con la agilidad de un gato sobre la mercancía. Con tanto salto y con la vida siempre sobresaltada ejercitó su astucia, sus músculos y sus sentidos hasta que, quien fuera su primer entrenador le vio vencer a tres muchachos que, como él, buscaban  monedas y  alimento por las calles porteñas. Su carrera como boxeador fue meteórica,  parecía haber sido parido en un ring. Unos cuantos noqueados bastaron para reflotarlo sobre la línea de la pobreza, unos cuantos más para tener un buen pasar, educar a sus hermanos, dar descanso y comodidad a su madre lavandera y deshacerse del ebrio progenitor. Sus puños cruzaron fronteras velozmente, los medios se deshicieron en halagos, cursilerías, morbosidades y chovinismos varios y en el intertanto nuestro púgil siguió golpeando, hasta conquistar todo lo que un rico posee. Sin embargo, como todo crack que se precie, celebró cada una de sus victorias en los patios eriazos y las calles sin asfaltar del mísero barrio que lo vio nacer y que hoy, tras su fallecimiento, se apresta a rendir  honores al héroe peso pluma, cara de matón y alma infantil que conquistó la admiración de los narcos, la gratitud de las dueñas de casa, el corazón de ancianos e infantes, el aplauso de los pastabaseros y el beneplácito de los lanzas...




Pastabasero o Angustiado: así se le llama en Chile a los consumidores de pasta base, deshecho de la cocaína; droga que ha hecho estragos en los sectores pobres de mi país.



"Lanza": término chileno para referirse a un tipo de ladrón que asalta en la calle y cuya característica es la rapidez con que efectúa el atraco; corriendo a gran velocidad quita generalmente carteras, mochilas y joyas.  Ser víctima de él, es ser víctima de un "lanzazo".

... Distinta es la biografía de la vedette. Ella es oriunda de una isla sureña. Sus dotes artísticas se revelaron desde su más tierna infancia cuando en las coloridas embarcaciones -acordeón, virgencitas y agua ardiente- participaba en los cantos votivos con una fiebre que afiebraba a todo el pueblo. Chiquilla diabla le gritaban las viejas, temerosas de las fiebres y sus afiebradas consecuencias. Su nacimiento -por decidor azar- coincidía con la fecha más importante del santoral comunal, entiéndase el hundimiento de la Santa Palmenia en las aguas ribereñas de la isla.  Cada año, el alcalde, siempre preocupado por los sufragantes más alejados del continente y siempre atento a la preservación de la religión nativa, enviaba costales de harina, sacos de papas, mallas de ajos, ajíes verdes y colorados, brebajes alcohólicos diversos y algunos dineritos de las arcas fiscales para engalanar a la santa en su día.

La tradición imponía que a la Palme, como le decían con amistosa devoción, se le confeccionara un nuevo vestido, un nuevo manto y una nueva corona. Las mesuradas discusiones entre las señoras lugareñas destinadas a decidir quien se encargaría de esta piadosa tarea, terminaban necesariamente en una gresca de película, hasta que el párroco con iluminada paciencia lograba zanjar el pugilato. Nadie, ni siquiera el cura, daba importancia a estos hechos de violencia en plenas vísperas de un acontecimiento tan pío,  ya que aunque tirones de mechas e insultos mediante, año tras año se llegaba a un consenso.  Para el cumpleaños número 17 de la Teresita, su madre ocupó tan alto puesto. La joven participó en la tintura de las telas, en la compra de encajes, cintas de colores, hilos satinados y cuentas diminutas y brillantes. Puntada tras puntada estuvo atenta a los mágicos dedos de su madre mirándola extasiada, entonando cánticos con igual intensidad y exaltación. Esta actitud por parte de la chiquilla, le hizo perder el miedo a la herejía y, dada la innegable similitud de tamaño entre su hija y la imagen, le pidió el favor  y ella se lo concedió con fervorosa entrega. Ese fue, según nuestra vedette ha confesado, el portento que la enfiló por el camino de las plumas, las lentejuelas y los meneos… en ese momento me di cuenta,  una revelación es que le dicen, cuando mi mamita me puso el traje, puta es que ni le cuento lo que sentí cuando el manto rozó suavecito mi espalda, fue como si algo aquí dentro se me quebrara. Como que me transporté ¿vio?. Mire, todo iba re bien hasta que mi mamita me pidió que me subiera a la mesa pa ver lo de la basta, pa no tener que agacharse ¿ve?, por lo del lumbago, y así lo hice, y así estaba ella con los alfileres en la boca cuando la Natascha, una vecina que teníamos,  prendió a todo volumen la radio justo cuando se ponen a tocar un mambo de esos que ahora bailo como para resucitar a un muerto,  eso dicen. La cosa es que una luz muy pero muy brillante me iluminó tanto que quedé como en tinieblas y lo único que escuchaba era ese sonido tan sabroso y dicharachero de los platillos ¿me entiende?, de ahí pa delante no pude parar, quedate quieta chiquilla tonta -gritaba mi mamita-, sosiégate te digo, mas respeto con la santa niña, y yo la escuchaba como si estuviera requetecontra lejos, como de la ultratumba que le dicen,  y como yo no podía sacarme el dichoso movimiento de las caderas, me entró un miedo terrible, ¡es que yo sabía que estaba cometiendo un pecado muy grande!. Entonces le rogué a mi mamita que me clavara bien fuerte, bien fuerte con los alfileres pa ver si así reaccionaba y de paso castigarme por manchar la santidad de la Palme, pero fue pa peor la cuestión, como que me gustó el castigo ¿vio? y la cosa ahí si que se puso color de hormiga… es que me dio por arremangarme el vestido y estaba como embelesà mirándome las carnes que se movían sin freno, pa que le digo, éstas de arriba como potro en celo. Mi pobre madre se golpeaba el pecho al tiempo que me mandaba al infierno y la copuchenta de la Natascha que había estado mirando por la ventana, fue con el cuento pal pueblo y en un abrir y cerrar de ojos ¡se lo prometo! estaban todos ¡hasta las más beatas! mirándome extasiados, como adorándome ¿me entiende?.  Y yo, putas pa que le voy a mentir, yo estaba dichosa, como espléndida, como fantástica, como por allá por las alturas y en lo único que pensaba era en mi futuro de vedette y pa serle franca,  ya se me habían ido todos los remordimientos y las llamas de Satán no me importaron nada. Fue una cosa muy rara le diré, como un imán, no sé, un llamado, algo que se hace o se hace no más, ¿vio?. Así que lo hice no más. De repente, me puse a correr y a correr y a correr, y seguí corriendo como cabra loca por los roquerios sujetándome la corona con las dos manos y con el manto revoloteando detrás mío y toda la gente gritando -¡se nos arranca la virgencita, atájenla!-. Figúrese que los pies me quedaron toditos ensangrentados. Me habré desmayado o me resbalé o quién sabe, el asunto es que caí como plomo al mar.  Desperté tres días después, vaya a saber donde, medio enterrada en la arena con el vestido, la corona y el manto intactos. Pa no creerlo ¿verdad?. Fue un milagro ¿sabe?, la Palme me salvó...
Palmenia Pizarro, famosísima cantante chilena, gran intérprete de boleros y música del Perú, país donde residió por mucho tiempo. El nombre de la Santa en este cuento alude a ella.

... Ya en tierra firme, se bautizó Yorka y en el más ardiente Night Club del puerto inició su carrera. En la isla aún se recuerda a la santita que un día se humanizó y recordando su martirio hundióse en las aguas por segunda vez. 

Sin aquella celestial intersección, nuestro crack no hubiese encontrado a esta diosa de carnosos pechos y nalgas ágiles. El hechizo fue inmediato y fulminante. Tras sus innumerables aventuras con cuanta bailarina de cabaret se le pusiera por delante, finalmente echó ancla con la Yorka. Ninguna, poseía un estilo tan encantador y peculiar; sus versátiles versiones del mambo y de la rumba, de la cumbia más pura y el bolero más romántico, hicieron leyenda. Pero, ante todo,  el sello inigualable de la Yorka fue el irrenunciable arrobo que provocaba en los parroquianos, sin distinción de procedencia, ni de credo ni de clase.

Lo que sigue es de público conocimiento, si no lo fuera estas líneas póstumas no le importarían a nadie. Se trata de la entronización ineludible en un genuino cuento de hadas. Sólo así son posibles las veneraciones y homenajes. Digámoslo entonces: juntos, el boxeador y la vedette amasaron felicidad, fama y fortuna; recorrieron el mundo, conocieron lo que nunca imaginaron, cumplieron sueños y saciaron ambiciones, se permitieron sofisticaciones y extravagancias, se deleitaron con todo tipo de derroche y llorosos recordaron el pasado, que los inviernos arriba del barro, que la sopita y el pan, que la falta de navidades; y en cada ataque de nostalgia se desprendieron de cuantiosas cantidades recibiendo honores por ser almas caritativas y conscientes; repletaron estadios y coliseos, famosas boites, centros nocturnos y bares, fueron acosados por periodistas y fanáticos posando para los flasch con sonrisas incansables.

La Parca siempre estuvo allí, en medio de todo, en medio de ellos, al centro de la dicha; mas, recurriendo a sus dones prestidigitadores y a su gusto por los disfraces, pasó inadvertida entre tantos laureles, oropel y festejo. Subrepticiamente, y silenciosa, esta milenaria y sempiterna mujer, consideró que ya era hora de pasarle la cuenta al campeón, mal que mal siempre había sido su compañera y lo había protegido mejor que el ángel de la guarda. Al principio sus arremetidas fueron esporádicas, un malestar por aquí, otro por allá, una que otra jaqueca, una punzada o algunas náuseas, unos vómitos de vez en cuando. La Yorka atribuía estos achaques a las últimas contusiones recibidas y para reponerlo preparaba enjundiosos caldos, bailaba para él, cantaba canciones de cuna para espantarle el insomnio. Con gran dedicación y la destreza heredada de su madre, le confeccionó una nueva bata finamente bordada para su próximo asalto. Se pasó horas haciéndole arrumacos y masajes. Le rogó a la Palme, le prometió mandas y regalos, preparó brebajes, lo incitó con fantasías bellas y perversas, pero nada, absolutamente nada dio resultado. Nuestro púgil dejó de ir a los entrenamientos, canceló las peleas pactadas, se embriagó para siempre, gastó dinerales en apuestas y juergas, pensando que de este modo recuperaría el entusiasmo, sin embargo la Parca no le dio tregua, lo llamaba, insistente, con su canto de sirena y segaba sus pasos con la guadaña. Hasta cuando vai a seguir, párala, mira en lo que te hai convertido, dai lástima, sabis que más, cualquier día de estos me largo. Pero la vedette no se iba y al boxeador nada le importaba su llanto amargo.

Hasta que por fin, la Parca derechamente le invitó a la cama. Y, como él, por muy enfermo que estuviese, era un macho muy macho, le fue imposible negarse, la infidelidad, pensó, podría ser una cura, así que se encamó, pero en vez de mejorar empeoró, palideció, adelgazó, enmudeció y su apariencia fue, cada vez más deleznable. Una tarde, la Yorka lo encontró con sus tijeras costureras amenazando al aire, profiriendo palabrotas, dando tumbos y manotazos. La medicina tradicional no encontraba explicación razonable ni los psicólogos consiguieron nada ni con fármacos ni con terapias. Cadenas de oración, homeopatía, sahumerios y  nada. Nuestro héroe sucumbía a manos de la Parca, y era que no, ella no pierde ningún combate. Cuando se cercioró que ya era su hora para pasar a mejor vida, compasiva le concedió su último deseo y al despuntar la noche, a empeñones lo llevó hasta el muelle.

Sabiendo de mi cercanía con el púgil,  me telefonearon de la comisaría contándome que  habían recibido una llamada de una señora que no quiso identificarse y que decía haberle visto muy a mal traer,  vociferando incoherencias, al parecer presa de un dolor muy grande. Cuando llegamos al lugar de los hechos, una veintena de gatos nos impidieron el paso. Relamiéndose los hocicos y con sus ojos amarillos y punzantes, provocaban un respeto tal que tuvimos que armarnos de palos y de coraje. En los night clubs del sector la fiesta comenzaba, los niños pobres del puerto se aprestaban a robar pescados de los camiones en marcha, y el hedor a la matanza diaria se cernía sobre nosotros intimidante. El muelle estaba atiborrado de sacos con los desperdicios de las pesqueras, mazamorras de pieles escamosas y pedazos desmembrados, y nuestro boxeador con los ojos muy abiertos y vidriosos  Q.E.P.D. en su nicho de tripas putrefactas. 

jueves, 10 de diciembre de 2009

Las hermanas del volcán ¡ Ñuke Mapu !

                                                                                                                                                                                                                                        
                                                                                           Fresia pujó una sola vez con tanta garra y coraje que las aguas del lago Yelcho se pusieron belicosas y los copihues encendieron sus rojos en una erupción que hizo arder la madrugada en aquel paisaje indómito y bendito. Corría el año 1.933 y la mayor de las hermanas Carahue llegaba a este mundo en su confín más extremo junto al grito guerrero de su madre que, encunclillada paría y maldecía a sus dioses.                                                                                                                                                                                                                                                                                                                              
                                                                                                                                    
En medio del dolor miró hacia el cielo. Allí se concentraba la luz naciente del alba.

Al rato, con la niña apretada a su pecho, quedaron en el olvido los dolores y su vientre se cubrió de una maravillosa tibieza. Con una amplia sonrisa,  mordisqueando los piñones que los pehuenes le regalaban dadivosamente a su paso, enfiló por el angosto sendero rumbo a su nuevo hogar: la primera vivienda construída en lo que mucho más tarde sería Chaitén, ciudad puerto, a los pies del majestuoso volcán del mismo nombre, que llegó a convertirse en centro urbano de importancia de la provincia de Palena, territorio austral de Chile. Esto, ni remotamente pudieron haberlo imaginado Fresia y Lincoyán quienes sólo unos días antes habían arribado a este inexplorado paraje, arrancando de la furia del cacique de la tribu, para vivir el amor que las leyes tutelares de la estirpe, prohibían.
                                                
 La nombraremos Ailen -dijo Fresia escuetamente- observando como los ojos de su hombre se agigantaban al ver a su primogénita. "La Brasa", repitió en mapudungún, su
lengua originaria, soltando una risita. Las guió hacia la ruca recientemente terminada construida acuciosamente con barro y paja; el fogón crepitaba y las papas con cáscara y merkén se asaban con premura.  Lincoyán tomó el cuenco de madera con la sangre ya cuajada del cordero y con agilidad le agregó sal, limón y una variedad de yerbas medicinales que, a escondidas, la Machi le había regalado antes de emprender la huida junto a otros pertrechos y a sus augurios de buena fortuna. A pesar de la fatalidad que caía sobre ellos -no habría perdón y serían por siempre unos parias- la más sabia de la comunidad les brindó protección y consuelo.




          
                                                                                                                             Fresia bebió con deseo sintiendo el ardor del animal en sus venas. Con el ñache todo el cansancio del alumbramiento desapareció mágicamente. Miró largamente a su criatura y le pareció que el horizonte del porvenir estaba en ella. La amamantó con absoluta entrega al tiempo que borraba de su mente el pasado y sus recuerdos. Ailen succionó con fruición, con toda la imparable fuerza de la vida, hasta que ambas cayeron en un profundo sueño. Lincoyán tomó sus redes y echó su barcaza al mar. Con sus robustos brazos remó y remó hasta que su intuición -genética de su raza acrecentada por el oficio- le indicó que estaba sobre un milagroso cardúmen. En honor a la diminuta brasa que de ahora en adelante calentaría sus días, el Pacífico le regaló una pesca abundante de esas que sólo ocurren cuando  se recibe una bendición.

                                                                                                                    
Prontamente arribaron Ayelén "La Sonrisa" y Alún "La Luz", y en esa virgen soledad donde se reúnen océano, lago, río y volcán, unidas a la tierra y a las lluvias torrenciales, las tres hermanas Carahue crecieron amparadas por el paisaje y sus desnudas enseñanzas: cercanas a los bosques, a los pumas y a los cóndores; excursionando por las laderas del Chaitén dormido por milenios, sumergiéndose en las cristalinas aguas del Blanco, rodeadas de golfos, fiordos y glaciares. Una tarde, mientras las talentosas manos de Fresia -como en un artilugio- hacían germinar de la madera, la forma de una vasija; Lincoyán agitado vino a comunicarle que un grupo de personas se acercaba. La mujer sintió que el corazón se le salía por la boca y lo abrazó sollozando nos han encontrado y nos harán pagar por lo que hicimos. Aterrados llamaron a sus hijas y apiñados a la entrada de la ruca se quedaron como piedras esperando lo peor. Enorme fue la sorpresa, más enorme la alegría, cuando divisaron a la vieja Machi quien al verles comenzó a tocar el kultrún elevando su voz melodiosa con la bella rogativa a la Madre Tierra.  Ñuke Mapu, resonaba el canto ancestral estremeciendo lengas, coigues y araucarias; Ñuke Mapu y las aguas parecían despertar, Ñuke Mapu y el viento se elevaba, Ñuke Mapu y el volcán abrió los ojos, Ñuke Mapu  y se estremeció el macizo andino. Agobiados por la hostilidad de un jefe que quería hacer la guerra en tiempos de paz, un veintenar de hermanos de tribu habían decidido exiliarse siguiendo a la anciana.                                                                                                                  
                                                                                                                

Así, paso el tiempo y este rincón virginal comenzó a crecer sin saber como. Sin saber como arribaba gente de por aquí y de por allá y la comunidad crecía sin mayores complicaciones como las semillas que caen en suelo fértil y simplemente, florecen. Hasta que los esbirros del tirano pusieron sus botas en este territorio sagrado. Estos esclavos de la dictadura a punta de pala y picota tenían la misión de construir la gran obra del dictador, una carretera que anexara las zonas aisladas del país, por tratarse de áreas estratégicas para la guerra. En nombre de la soberanía fueron  abriendo un boquete y fundando ciudades para llenar de gloria al mismo que se manchaba con la sangre de todos aquellos que no le rendían pleitesía.

La Brasa, la Sonrisa y la Luz, conforme a las leyes de la humanidad, crecieron. Fueron junto a sus padres adaptándose a este nuevo lugar, gozaron de sus beneficios y padecieron sus lacras pero jamás olvidaron quienes eran: mapuches, gente de la tierra. Vieron  abultarse sus pechos, ensancharse sus caderas, crecer los vellos del pubis. Se enamoraron, fueron felices y sufrieron. Tuvieron hijos e hijas y continuaron amando y lidiando con el mar, con los cultivos, con los árboles, con el frío.  Vieron aparecer arrugas y dolencias, constataron que los años quitan pero a la vez dan y, cuando el volcán, tras siglos de silencio rugió, vomitó lava y cenizas, puso al país en vilo y ofreció la erupción más increíble, bella, voraz y temible de la que se tiene memoria; no se asombraron ni se atemorizaron en demasía, contemplaron la escena, se conectaron con las divinidades, hicieron sonar el kultrún y esperaron...

Ilesas, hoy forman parte de las rebeldes, las incivilizadas, las porfiadas, las tontas... que no quieren abandonar el sitio que las vio nacer. Tal y como Fresia y Lincoyán crearon desde la nada un hogar, las hermanas del volcán, reconstruyen hoy ese pedacito de mundo, el propio, inmunes a los eventuales beneficios que el gobierno pueda otorgarles, ajenas a la estúpidez del miedo y de la muerte.




Vayan todos mis respetos y todo mi amor  a mi pueblo mapuche.
Matriz de la cual también vengo y de la cual me enorgullezco.

Fotografías: rostros mapuches, copihues, pehuén o araucaria, piñones -frutos del Pehuén-, merkén -ají mapuche molido-, machi: curandera portadora de la sabiduría ancestral, ruka -vivienda mapuche-, puma chileno, cóndor, kultrún: instrumento ceremonial de la Machi -contenedor de la cosmogonía mapuche-, lengas: especie nativa de Chile, Chaitén en erupción, rostro huilliche (rama de la etnia mapuche).





Bandera Mapuche