A Gaspar
De su inocencia mamífera y peluda
quiero la inocente inconsciencia de la muerte
su falta de aspiraciones y proyectos
y el puro circular de la sangre
la libertaria respiración
la existencia sin purga
su falta de juicio
su asombro completo
y quiero
ese imperecedero gozo suyo
al olfatear el mundo
quiero sobre todo
su ausencia de moral
mamífera e inocente
su alborozado instinto
que pide y agradece
que no resiente indiferencias
que pide y agradece
que no se aloja en el encono
ni en el remordimiento
que vive en esos ojos suyos
desprovistos de tiempo
Somos idénticos
pero yo no me he salvado de la mente
denme esos colmillos cercenadores suyos
ese hocico cavador
quiero destrozarla y sepultarla
quiero la inconsciencia de la muerte
la redimida respiración
y el puro circular de la sangre
la pura existencia
así
como cuando le amaba
y ella era también
mamífera e inocente.
En este evocar a mi último compañero canino que ahora está lejos, ha venido a mi otro ser perruno inolvidable: mi Zíngaro, un bóxer que me acompañó en la infancia y que a falta de hermanos humanos, ocupó ese espacio -sospecho que con mayor fraternidad y entrega-. Camarada de juegos y afectos, mi niñez habría carecido de muchas alegrías y de enormes descubrimientos sin su presencia. Desde el horizonte que la vida vivida me concede, comprendo como ejercité con él la maravillosa capacidad de abrazar, acariciar y acompañarse. Pero no sólo eso me enseñó ya que un día cualquiera Zíngaro desapareció y por más que lo buscamos, ni rastro. Fue mi primera gran tristeza y el primer doloroso experimentar de la pérdida. Muchos años después, cuando fui madre por primera vez, mis padres decidieron que ya era hora de decirme la verdad: Zíngaro no se había ido, Zíngaro había muerto -que bueno, es otra forma de partir-. Recordarlo hoy es un acceso fecundo a la pequeña que fui y reencontrarme en ella, también, como Zíngaro y Gaspar, mamífera e inocente.