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| ¿Puede la Guerra ser Santa, mi Dios? |
El distanciamiento que acontece en nuestro transcurrir cultural entre lo catalogado como femenino y lo catalogado como masculino, arrastrado desde la división del trabajo en los tiempos neolíticos, se conserva en el vínculo de Jesús y su posterior iglesia. Su iglesia es patriarcal y por ello, tal como esta naciente institucionalidad desechó y ajustó los contenidos paganos a las nuevas ideas dominadoras, hubo de acomodar el mensaje de Cristo a sus propios intereses guerreros y jerarquizadores. A pesar del Amor predicado por Jesús, su iglesia se funda en el terror emocional e ideológico y en la imposición de sus dogmas mediante el uso de la coersión y la fuerza.
Los mentores ideológicos de la cristiandad promulgaron que la vida era una fase preparatoria para llegar al Más Allá; una propedeútica. La muerte de la materia es el fin de esta fase, la Muerte es un segundo nacimiento que será eterno. Esa es la promesa de salvación. Siempre y cuando no peques. Y no pecar significa, ante todo, hacer lo que la Iglesia dice. “Llegó un tiempo en que el hombre tuvo en cuenta –mucho más que cualquier otra cosa– las recompensas o los castigos que podrían sobrevenir después de la muerte.”(16) En la Edad Media , La Patrística (los Padres de la Iglesia ), fundamento de la Iglesia Católica , habla de la muerte como buenaventuranza “basándose en la dialéctica que produce la muerte como castigo, y de la muerte como acto de redención, el cual aboliendo el pecado, acabara por abolir también a la muerte… la muerte se transforma en el paso previo para alcanzar la salvación. Pero existía otra muerte, aquella que era la condenación, la condenación eterna, los tormentos y los demonios, las bestias del Apocalypsis y las llamas del averno. Todo esto, por siempre. Una muerte espiritual equivalente a la condenación del alma.” (17) El cielo o el infierno según los pecados cometidos. Recompensa o castigo. La perpetuación del miedo en la psique de la especie.
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| El Cerrojo Jean Honoré Fragonard |
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| Detalle |
En el siglo XVIII la historia muestra una poderosa reaparición de la Transgresión Erótica. Esta centuria llamada el “siglo galante” y también el “ siglo de las luces o de la Razón ”, se estructura, por una parte, en la conducta epicúrea, asociable al espíritu de la transgresión, y por otra, en la filosofía racionalista, anexada claramente al interdicto. Búsqueda de satisfacción intelectual y sensorial, liberar los sentidos y hurgar en el pensamiento como única fuente evolutiva. Una época ésta que logró, más en la teoría que en la práctica, un mayor equilibrio entre el torrente erótico de la Vida y la necesidad de un ordenamiento social para que la Vida se encauce. Surge el Enciclopedismo y la noción de Progreso; Kant escribe Crítica a la Razón Pura , Adam Smith sienta las bases del Capitalismo Moderno a la vez que la Revolución Francesa pretende erradicar las diferencias de clase proclamando la igualdad de las personas. Fueron los tiempos de una burguesía empoderada que permitió el ateísmo y que fue testigo del debilitamiento político de la Iglesia Católica. La Inquisición fue criticada, surgen las primeras declaraciones de derechos humanos y los primeros movimientos feministas.
La búsqueda intelectual fue acompañada por un deseo de elegancia y esplendor, una época que ante el apogeo económico, dilapidó. Adoradora del arte y el ardor creador, escéptica en materias religiosas. Lo fastuoso, las maneras corteses, el placer y la gracia, la sensualidad y la voluptuosidad son elementos que la creación artística recoge en un estilo y una propuesta de belleza que se permitió ser licenciosa, lujuriosa y satírica. La erótica de la época encontró allí su salida.
Este ha sido el sino de nuestra historia. El anhelo matrístico de una forma organizativa vinculante y de mutua cooperación nunca ha desaparecido, vemos sus continuos brotes y rebrotes y en cada uno de ellos la humanidad alcanza algún logro en tal sentido; sin embargo, siempre parecen ser una “golondrina que no hace verano”, un minúsculo grano de arena en un extenso e infranqueable desierto.
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(16) Las lágrimas de Eros, Georges Bataille, Editorial Tusquets, pág. 35.
(17) Doctor Ignacio Duarte García, Departamento de Anatomía Patológica Director del Programa de Estudios Médicos Humanísticos de la Universidad Católica. Fragmento capturado en Internet.























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