apreciados visitantes (algunos fieles lectores)

Y en este extenso, diverso y planetario suelo virtual nos encontramos...

Y en este extenso, diverso y planetario suelo virtual nos encontramos...
moradores de un mismo país y una misma ciudad

martes 24 de mayo de 2011

Hija de la verguenza


Convivo con una mujer de 84 años que me hace partícipe de su historia. Rememora y se rememora en una retrospectiva que pone ante mi una cultura y una educación fuertemente determinantes en la construcción de su personalidad y en su modo de vivir: sus prioridades, sus elecciones, sus renuncias; su modo de amar, sus creencias, sus juicios sociales y morales. Sus conductas,  su mundo emocional, su forma de percibir la realidad, a si misma y a los demás, pasan por dicho tamiz cultural que parece haber sido inciso a fuego durante su infancia. Toda ella, en suma, responde a un rígido molde concebido como la verdad y punto (ya sabemos, antaño la verdad existía inamovible). Certezas dictaminadas por padre y madre, figuras indesmentibles y endiosadas con el telón de fondo de una sociedad de la cual ellos mismos fueron inequívocos espejos. Sumisión e ingenuidad parecen confabularse en este dogmático aceptar lo impuesto. Intransigencia y segregación a todo lo que se escape de esa horma, sus secuelas. 


Evidentemente todo individuo carga con sus propios condicionamientos educacionales y culturales, en toda época y en todo lugar. Pero, sin duda -al menos en el terreno de lo íntimo y de la construcción del si mismo- la posibilidad de rebelión, de autodeterminación, de mayor discernimiento ante las imposiciones socioculturales, hoy existe mucho más que antes. 

La cultura a la cual esta octogenaria pertenece, puede abreviarse sobre todo para el género femenino en un sólo sentimiento de base: La Verguenza. Culpa y miedo son sus incondicionales aliados. Como todo concepto, su significado posee diversas variantes, desde su definición convencional en el diccionario de la Real Academia de la Lengua "la turbación del ánimo, que suele encender el color del rostro, ocasionada por alguna falta cometida o por alguna acción deshonrosa y humillante, propia o ajena", pasando por la acepción filosófica, con Aristóteles: "la verguenza y el rubor son indicios irrefutables de la presencia del sentimiento ético", hasta su sentido en cuanto afrenta, humillación, deshonra, abyección, infamia, ultraje, escándalo, degradación... la naturaleza humana contempla la verguenza como un componente innato, en su justa medida positivo y necesario, asociado a la conciencia de los propios actos y al comportamiento de los demás; funciona -por tanto- como un regulador social. Baste observar como constitutivamente, niños y niñas pasan por la edad del rubor, esa en donde se esconden tras la madre cuando alguien les saluda y baste también recordar experiencias personales en donde la piel del rostro se nos ha transformado en un tomate. ¿Y quién, salvo un psicópata, no se ha avergonzado de si mismo sintiendo remordimiento ante una negativa acción que ha causado daño?. 


Mas, La Verguenza a la que aludo es de otra índole;  se trata de la conculcación absoluta del derecho a equivocarse, es la supremacía del enjuiciamiento, castigadora y correctiva a priori de las actitudes o situaciones  reprobables, un "parche ante la herida" que no hace más que reconocer lo humano para enseguida negarlo. Instituida como una forma de crianza, como una manera de edificar el Ser Femenino; imagen y autoimagen de "La Mujer", estereotipo creado para el estereotipo masculino también artificioso e inducido. Conjeturo responde a la costilla adánica, la manzana aquella, la expulsión famosa y a todo el andamiaje que a partir de aquello se alza. Y como nadie calza en una plantilla forzosa y como dicho calce es considerado lo correcto, la primera verguenza es, precisamente, esa constatación: no calzar. Lo que sigue es disimular, ocultar, cercenar y reprimir: la raíz de una sociedad fundada en el doble estándar y en las apariencias. Guardarlas a toda costa, termina siendo más importante que, efectivamente, responder a las exigencias del modelo. Fingir para evitar el que dirán, parecer en vez de ser; que nadie se percate de alguna individual diferencia, que no se note tal o cual sentir censurable, que no se sepa de determinada enfermedad o de un matrimonio mal habido o de un bastardo... que no parezca que algo en la propia vida no anda como dios manda.  


Es lo que le enseñaron. Buena alumna y obediente, lo aprendió al revés y al derecho e intentó como todos y todas -hoy, ayer y siempre- buscar la felicidad en medio de una estructura apabullante. Para ella, tan distinta a mi, todo mi respeto.

martes 17 de mayo de 2011

Apolíneo y Dionisíaco




La semblanza de los distintos estilos que han ido marcando épocas y tendencias, conformando de tal modo lo que entendemos como la historia del arte, nos permite comprobar que existen ciertas fuerzas básicas -vitales y estéticas- que sostienen dicho entramado urdido de antagonismos y complementarios: lo Apolíneo -concepto que deriva de Apolo, dios del sol, la luz y la belleza (entre otros atributos)- y lo Dionisíaco -de Dionisios, dios del vino, la locura inspiradora y los excesos-. Si el quehacer plástico fuese un péndulo, éste oscilaría constantemente entre ambos impulsos primordiales: la mesura o el desborde, el equilibrio o la exacerbación, la justa medida o el desenfreno. Así, situándose en dichos polos y en el espacio entre ambos, se despliega una amplia y diversa gama de artistas, obras y períodos.

Para ejemplificar este vaivén  propongo observar dos creaciones maestras de la Escultura: 
David de Donatello, escultura en bronce realizada  aproximadamente en 1.430, 158 cms. de altura, representativa del Renacimiento Florentino.
David de Bernini, escultura en mármol realizada aproximadamente en 1.620, 170 cms. de altura, representativa del Barroco Italiano.

Adolescente y desnudo. La lozanía de esta joven corporalidad y su desnudez como expresión máxima de lo bello; un cuerpo que encuentra su belleza en la serena proporcionalidad de sus formas, en la armonía y el reposo de sus componentes, en un modelado suave y sugerente que no se solaza en musculaturas excesivas y que se afinca en un orden organizativo que supera lo terreno en pos de un canon ideal. En este ir al encuentro de lo perfecto, se aúna lo femenino y lo masculino en una justa medida para representar un todo universal y atemporal. Mas, no se trata solamente de la búsqueda de una anatomía inmejorable, espejo de los dioses, si no también de una disposición interna que apela a una claridad y a una disciplina mental. Paz, sabiduría y contención son sensaciones que emanan de este David. Lejos del fragor  de la batalla, lejos de la violencia y de toda compulsividad, como si estuviese fuera de lo mundano, ajeno a su propia hazaña. 

La victoria sobre el gigante, entonces, no se expresa ni en exageración ni en euforia alguna. La cabeza a sus pies, la piedra en la mano y la espada bastan; son éstos, elementos visuales que sirven para vincular a esta expresión de lo apolíneo con la narración que lo sustenta, temática que es más accidente que esencia pues   evidente es a la mirada que este David no es el pastorcito hebreo que por obra y gracia de Dios derrota a Goliath. Es un efebo pagano que emula el modelo de la Grecia Clásica y que se sitúa en la Florencia del cuatroccento mediante el sombrero toscano que, junto a las botas, es lo único que lo viste. La superioridad del héroe está en su pureza apolínea que, consecuentemente con la lección de Praxíteles, quiebra la frontalidad y el estatismo mediante la suave flexión de una pierna. Como consecuencia se produce la elevación de la cadera en el lado opuesto: curva y contracurva, peso y contrapeso, energías y fuerzas contrapuestas en un punto de equilibrio: esta es la victoria del David de Donatello.
Con una sonrisa complaciente, su mirada se pierde en el coloso decapitado... pero, más que eso, se interna en el si mismo, deleitoso.

He aquí el aspecto Dionisíaco del David. Bernini fija su atención en el clímax del relato bíblico, en la acción y el movimiento que con ímpetu se anuncian y que habrán de desatarse; en la tensión dramática que lo empuja, en la torsión y el giro del cuerpo que constituyen una pasional escenografía del derramarse, del expandirse, del explotar. Exactamente en el instante en el que con su honda disparará certero, momento físico, emocional y psicológico en el que se concentra el desboque de la energía.  Es el punto de quiebre con lo apolíneo en tanto los  instintos se desatan y exacerban, liberados. 

Bernini se centra en el acto humano; efectivamente el hombre ante la bestia, la irracionalidad de su cometido, su acopio de fuerza -interior biológica y física- para la sobrevivencia. 
  

 La exaltación y el esfuerzo del personaje le sirven al escultor para trabajar una postura corporal que vaya a los extremos de sus posibilidades, comunique la intensa tensión de los músculos y entregue un hermoso contrapunto con el drapeado de la vestidura que cae libre y relajadamente. Las numerosas líneas de dirección presentes en este David  generan una efusiva dinámica donde lo diagonal y lo circular son protagonistas indiscutidos.

Bernini consigue reunir en la honda y la piedra el significado clave de la Obra, tanto en su forma como en su contenido.
 Con el ceño fruncido, la boca apretada, su mirada rabiosa se concentra en su objetivo.

Esta dicotomía complementaria que hemos visualizado a través de Donatello y Bernini, es la misma que se produce muchas centurias antes y que podemos sintetizar en lo Helénico y lo Helenístico. Para muestra, un botón::
Apolo Sautóctono, cazador de saurios, Praxíteles.
Período Helénico - Grecia Clásica, Siglo IV A.C.
Guerrero Gálata, Escuela de Pérgamo, Período Helenístico, 100 A.C.
Esta etapa corresponde a la difusión cultural y a la expansión territorial de lo helénico  cuyo máximo gestor fue Alejandro Magno.

domingo 8 de mayo de 2011

Forma


La huella indesmentible del piedrazo como tela de araña filosa sobre la ventana y un gran orificio al centro: sol futurista y radiante de letales rayos; la marca ahora, estaba sostenida burdamente por un abundante enhuinchado de "scoch" y nada en el resto de la casa delataba la tragedia. Un enorme gomero proyectaba la sombra de sus grandes hojas en las baldosas de la terraza y al fondo, una pequeña bicicleta rosada y un coche de muñeca parecían recién haber sido dejados ahí. 


Cada fragmento cortado por el azar del impacto es, en la medida justa y diversa, una marca impoluta, su forma perfecta -cuajada en el estallido del golpe- no trasluce la sangre de la cabeza destrozada por  la piedra. Por el sitio eriazo aledaño -de zarzas crecidas y enredadas en una maraña de ramas y alto pasto seco-  había emprendido la huida sin saber como, con la mente enfocada solo en saltar el muro y el cuerpo desbocado de adrenalina expeliendo el rencor acumulado y enconado; la llaga, que supuraba inquina a diario ahora parecía una herida liberando su pus, limpiando hasta rasparle.  Hacer justicia y cobrar venganza son dos modos distintos para decir la misma cosa pues no hay reparación ninguna ni en la una ni en la otra. Imposible. La pérdida es tal cual la seña aguzada e imborrable del peñasco en el cristal.



Mientras corre como un desaforado por los pasajes, sin mirar atrás, ni una sola maldita vez, seseando por los callejones, laberintos éstos que conoció de niño, lo único que conoció, casi. Mientras corre se ve nuevamente gritándole en medio de los sollozos a su madre que sollozaba también, que lo mataría, gritándolo con el alma (sabiendo que era cierto lo que decía y que iría a cumplirlo). Se ve corriendo igual que ahora, pero sin miedo; tan sólo queriendo llegar a las cuatro en punto al frente de esa ventana y sacar el "camote", una tremenda piedra del tamaño exacto para su cometido, ni muy chica, ni muy grande, lo suficientemente pesada para traspasar el vidrio y lo suficiente liviana para lanzarla con mucho impulso. Corriendo, desdoblado de su cuerpo como si él también hubiese muerto, sintiendo el placer de estampar su venganza;  y efectivamente llega exactamente a las cuatro, y ejecuta todos sus movimientos limpia y velozmente. El tipo se sienta, de frente a la ventana, sobre la mesa una botella de vino sin abrir y un vaso, vacío. La piedra agujerea el vidrio y pasa rauda hasta impactarle en medio de los ojos, la energía del impacto lo vota hacia atrás y su cabeza se azota de lleno contra la pared.

martes 3 de mayo de 2011

Recobrados.

Otoñal (2008)
Pablo Burchard, Maestro de la Pintura Chilena
1875-1964
 
Quizás sea el ineludible sino de las pertenencias preciadas, generalmente inútiles, seguirlo a uno y ser testigo como horas calmas, mecidas tibiamente, observando el tiempo caído y ocre. La  simplicidad a veces se hace compleja y la memoria olvida por completo y en la tela blanca que reaparece, me miro y veo el sinfín de historias que fragüé y urdí a su propósito: de amor inevitable en el otoño, de amor que no presiente la tormenta aunque ella está presagiada ante los ojos, de amor en una tarde pasajera y quebradiza como la hojarasca. Años que después la vida te demuestra breves, tan cortos como un suspiro, seña superficial de una navaja. Años alumbrando como perra virgen reencuentros tras el silencio, boberías y palabras nimias, falsedades recubiertas de paisaje.  Explicaciones vanas,  eternas conversaciones que no van a ninguna parte.

Pero el amor ama a sus crías con arrebato, con piadosos mimos, con coléricos cuidados; los cría, los fecunda de caricias y los enseba para el adiós triste y nostálgico, esa pátina de imposible y trágico me devuelve a sus ojos, al gris acuoso perdido en el horizonte de una tarde.


Inflingidos (2010)
Inseminada por las suicidas atisbo en la oquedad de la palabra el terror fosforescente de sus carnes frágiles. Como jarrones en añicos o vestidos en jirones o muñecas de trapo desvirgadas en la noche balbuceante del poema - inútil y blanco - el parto sanguinolento de la existencia. Versos, cebos para la engorda, carnazas, señuelos, corolas del deshoje cotidiano, pétalos consumados en éteres tóxicos,  idos  al mar, al río, a la nada barbitúrica. Sus osamentas tengo en mis manos, cada página, un hueso. Los vocablos y las letras, restos. Bajo los escombros la indecible entraña de lo viviente. Conservar este reflejo, llevarlo entre mis labios como el agua que se escurre hasta sus sepultas bocas, extintas mariposas con las alas intactas. 





Francis Bacon
1909, Irlanda-1992, España.

Símil ( 2005)
Imito los actos básicos 
respiro
(a veces respiro apenas)
como
defeco y duermo
camino, corro
me detengo
hablo

distorsionado espejo
feo simulacro.

Esta apariencia
esta voz
esta mínima porción que ocupo
no es más que tumba

remedo la existencia como una autómata
en medio de este montaje miserable.