Convivo con una mujer de 84 años que me hace partícipe de su historia. Rememora y se rememora en una retrospectiva que pone ante mi una cultura y una educación fuertemente determinantes en la construcción de su personalidad y en su modo de vivir: sus prioridades, sus elecciones, sus renuncias; su modo de amar, sus creencias, sus juicios sociales y morales. Sus conductas, su mundo emocional, su forma de percibir la realidad, a si misma y a los demás, pasan por dicho tamiz cultural que parece haber sido inciso a fuego durante su infancia. Toda ella, en suma, responde a un rígido molde concebido como la verdad y punto (ya sabemos, antaño la verdad existía inamovible). Certezas dictaminadas por padre y madre, figuras indesmentibles y endiosadas con el telón de fondo de una sociedad de la cual ellos mismos fueron inequívocos espejos. Sumisión e ingenuidad parecen confabularse en este dogmático aceptar lo impuesto. Intransigencia y segregación a todo lo que se escape de esa horma, sus secuelas.
Evidentemente todo individuo carga con sus propios condicionamientos educacionales y culturales, en toda época y en todo lugar. Pero, sin duda -al menos en el terreno de lo íntimo y de la construcción del si mismo- la posibilidad de rebelión, de autodeterminación, de mayor discernimiento ante las imposiciones socioculturales, hoy existe mucho más que antes.
Evidentemente todo individuo carga con sus propios condicionamientos educacionales y culturales, en toda época y en todo lugar. Pero, sin duda -al menos en el terreno de lo íntimo y de la construcción del si mismo- la posibilidad de rebelión, de autodeterminación, de mayor discernimiento ante las imposiciones socioculturales, hoy existe mucho más que antes.
La cultura a la cual esta octogenaria pertenece, puede abreviarse sobre todo para el género femenino en un sólo sentimiento de base: La Verguenza. Culpa y miedo son sus incondicionales aliados. Como todo concepto, su significado posee diversas variantes, desde su definición convencional en el diccionario de la Real Academia de la Lengua "la turbación del ánimo, que suele encender el color del rostro, ocasionada por alguna falta cometida o por alguna acción deshonrosa y humillante, propia o ajena", pasando por la acepción filosófica, con Aristóteles: "la verguenza y el rubor son indicios irrefutables de la presencia del sentimiento ético", hasta su sentido en cuanto afrenta, humillación, deshonra, abyección, infamia, ultraje, escándalo, degradación... la naturaleza humana contempla la verguenza como un componente innato, en su justa medida positivo y necesario, asociado a la conciencia de los propios actos y al comportamiento de los demás; funciona -por tanto- como un regulador social. Baste observar como constitutivamente, niños y niñas pasan por la edad del rubor, esa en donde se esconden tras la madre cuando alguien les saluda y baste también recordar experiencias personales en donde la piel del rostro se nos ha transformado en un tomate. ¿Y quién, salvo un psicópata, no se ha avergonzado de si mismo sintiendo remordimiento ante una negativa acción que ha causado daño?.
Mas, La Verguenza a la que aludo es de otra índole; se trata de la conculcación absoluta del derecho a equivocarse, es la supremacía del enjuiciamiento, castigadora y correctiva a priori de las actitudes o situaciones reprobables, un "parche ante la herida" que no hace más que reconocer lo humano para enseguida negarlo. Instituida como una forma de crianza, como una manera de edificar el Ser Femenino; imagen y autoimagen de "La Mujer", estereotipo creado para el estereotipo masculino también artificioso e inducido. Conjeturo responde a la costilla adánica, la manzana aquella, la expulsión famosa y a todo el andamiaje que a partir de aquello se alza. Y como nadie calza en una plantilla forzosa y como dicho calce es considerado lo correcto, la primera verguenza es, precisamente, esa constatación: no calzar. Lo que sigue es disimular, ocultar, cercenar y reprimir: la raíz de una sociedad fundada en el doble estándar y en las apariencias. Guardarlas a toda costa, termina siendo más importante que, efectivamente, responder a las exigencias del modelo. Fingir para evitar el que dirán, parecer en vez de ser; que nadie se percate de alguna individual diferencia, que no se note tal o cual sentir censurable, que no se sepa de determinada enfermedad o de un matrimonio mal habido o de un bastardo... que no parezca que algo en la propia vida no anda como dios manda.
Mas, La Verguenza a la que aludo es de otra índole; se trata de la conculcación absoluta del derecho a equivocarse, es la supremacía del enjuiciamiento, castigadora y correctiva a priori de las actitudes o situaciones reprobables, un "parche ante la herida" que no hace más que reconocer lo humano para enseguida negarlo. Instituida como una forma de crianza, como una manera de edificar el Ser Femenino; imagen y autoimagen de "La Mujer", estereotipo creado para el estereotipo masculino también artificioso e inducido. Conjeturo responde a la costilla adánica, la manzana aquella, la expulsión famosa y a todo el andamiaje que a partir de aquello se alza. Y como nadie calza en una plantilla forzosa y como dicho calce es considerado lo correcto, la primera verguenza es, precisamente, esa constatación: no calzar. Lo que sigue es disimular, ocultar, cercenar y reprimir: la raíz de una sociedad fundada en el doble estándar y en las apariencias. Guardarlas a toda costa, termina siendo más importante que, efectivamente, responder a las exigencias del modelo. Fingir para evitar el que dirán, parecer en vez de ser; que nadie se percate de alguna individual diferencia, que no se note tal o cual sentir censurable, que no se sepa de determinada enfermedad o de un matrimonio mal habido o de un bastardo... que no parezca que algo en la propia vida no anda como dios manda.
Es lo que le enseñaron. Buena alumna y obediente, lo aprendió al revés y al derecho e intentó como todos y todas -hoy, ayer y siempre- buscar la felicidad en medio de una estructura apabullante. Para ella, tan distinta a mi, todo mi respeto.

















