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| Imagen del álbum de Pink Floyd "The Division Bell" |
No paró de hablar. Parecía repentinamente liberado de un perpetuo silencio. Se enfrascó en un monólogo que deambulaba por una serie de tópicos que en un principio me parecieron inconexos hasta que no se si él, o yo, o ambos o un artilugio fuera de nuestras conciencias, estableció una lógica tan taxativa como la sucesión de patronímicos y sus consiguientes respuestas: presente o ausente. La ausencia era gritada a voces por todo el curso. Esta dialéctica amputó de cuajo mis propios racionamientos y, simplemente, acepté con absoluta normalidad la absurda situación a la que me enfrentaba. Cuando llegué al estadio, el mismo al que ibamos de niños durante las clases de Educación Física y le vi, mórbido, con un bigotillo imberbe que parecía perderse en medio de los mofletes; no pude evitar pensar en el arduo trabajo que hubo de tener el criminal para descuartizarlo y avergonzado de tan cruel pensamiento, intenté evocar al Verdejo de la infancia. Nada; mi cerebro no registraba a ningún alumno gordo ni con esos ojos grises tan tristes ni con ese pelo cobrizo ensortijado ni con ese don seductor de la palabra. Luego de una serie de filípicas que ahondaban en tortuosos recorridos por la soledad y la devastación y en las marcas recalcitrantes que los traumas dejan para siempre; me solicitó le hiciese un favor, una simple ayuda que me permitirá por fin -dijo- desprenderme de esta pesada anatomía y disfrutar de la ingravidez que ni siquiera la mutilación ha logrado darme.
Lo hice, llevé el sobre a la dirección que me indicó; un caserío a mal traer y aparentemente deshabitado. Tras haber dado fuertes golpes al portón sin haber obtenido respuesta alguna, una punzada de terror se me clavó en el estómago al pensar que había caído en una alevosa trampa, que sostenía en mis manos evidencia incriminatoria, que en cuestión de horas sería yo sindicado como el psicópata descuartizador de Verdejo. Sentí el crujir del picaporte, la pesada puerta se entreabrió y la cabeza rapada de un muchacho apareció ante mi. Sus ojos se clavaron en el sobre, de un manotazo me lo arrebató y sus mejillas se cubrieron del característico rubor de la verguenza.
Al llegar a casa, encontré en el buzón la cuenta de internet; al leer la factura reparé en que Abarzúa, mi apellido, siempre fue el primero de la lista.
Lo hice, llevé el sobre a la dirección que me indicó; un caserío a mal traer y aparentemente deshabitado. Tras haber dado fuertes golpes al portón sin haber obtenido respuesta alguna, una punzada de terror se me clavó en el estómago al pensar que había caído en una alevosa trampa, que sostenía en mis manos evidencia incriminatoria, que en cuestión de horas sería yo sindicado como el psicópata descuartizador de Verdejo. Sentí el crujir del picaporte, la pesada puerta se entreabrió y la cabeza rapada de un muchacho apareció ante mi. Sus ojos se clavaron en el sobre, de un manotazo me lo arrebató y sus mejillas se cubrieron del característico rubor de la verguenza.
Al llegar a casa, encontré en el buzón la cuenta de internet; al leer la factura reparé en que Abarzúa, mi apellido, siempre fue el primero de la lista.












