Caleidoscopio de trasnochadas luces y agujeros negros de silencio y calma, murmullos resonantes del jolgorio que ya acaba, algunos gritos de euforias pasajeras, chillidos demenciales. En éxtasis o crucificada, la pasión con todas sus máscaras aparece en la penumbra que precede al alba; en una esquina y desenfrenada, con lágrimas y en solitario, en la espera deseosa o como violenta traidora cortando la respiración con sus letales armas.
Sobre una acera, tras una riña, agoniza un hombre calvo mientras su acompañante mira de un lado a otro esperando ver aparecer a la ambulancia. Del sueño de los que duermen brotan fantasmas, mensajes en clave, aladas esperanzas. Más de alguien padece de insomnio y ruega para que la noche se acabe, mas de alguien ruega por lo contrario y acaricia con frenesí y al ritmo de un bolero inolvidable. En esa cama pervive el amor. En alguna otra se desangra. Algunos asoman por el canal del parto y a otros el sepulturero se apronta para enterrarlos. El capullo de una rosa se abre y - a hurtadillas- primeros besos también abren unos nuevos labios; un pichón extiende por vez primera sus alas y tiemblan imperceptibles las raíces de los árboles.
Expulsada de un golpe hacia la conciencia, abre los ojos, sobresaltada. Busca a tientas el interruptor y su pieza reaparece como salida de las manos de un mago, agudiza el oído, sólo el tenue resoplar de su perro que la mira adormilado. Tres pisos más arriba, un joven apaga el último cigarro y se pregunta si tras la conversación sostenida por horas extensas, el mundo en algo habrá cambiado. Sonríe tristemente, la respuesta ya la sabe. Lo único seguro es que a la noche siguiente el bar de la esquina volverá a albergar infinidad de utopías y palabras. El edificio se estremece con ronquidos que, como truenos, parecen venir de todas partes y a lo lejos el ulular de una sirena se acerca, tan solo para comprobar la muerte mientras repunta el día, todavía ciego, todavía niño avergonzado.
En los extramuros de la ciudad, la mujer del hombre calvo se pasea con su hijo en brazos. Cada tanto mira por la ventana y en su pensamiento se repiten lapidarias, frases de resentimiento acumuladas por años. El niño chilla de hambre. Y en el gallinero, un escuálido gallo, canta. Su canto es tan áspero y duro como el nocturno ocaso. Y la luna tan sólo polvo de nebulosas, restos de estrellas, extinta diosa en los brazos de la noche humana.
Sobre una acera, tras una riña, agoniza un hombre calvo mientras su acompañante mira de un lado a otro esperando ver aparecer a la ambulancia. Del sueño de los que duermen brotan fantasmas, mensajes en clave, aladas esperanzas. Más de alguien padece de insomnio y ruega para que la noche se acabe, mas de alguien ruega por lo contrario y acaricia con frenesí y al ritmo de un bolero inolvidable. En esa cama pervive el amor. En alguna otra se desangra. Algunos asoman por el canal del parto y a otros el sepulturero se apronta para enterrarlos. El capullo de una rosa se abre y - a hurtadillas- primeros besos también abren unos nuevos labios; un pichón extiende por vez primera sus alas y tiemblan imperceptibles las raíces de los árboles.
Expulsada de un golpe hacia la conciencia, abre los ojos, sobresaltada. Busca a tientas el interruptor y su pieza reaparece como salida de las manos de un mago, agudiza el oído, sólo el tenue resoplar de su perro que la mira adormilado. Tres pisos más arriba, un joven apaga el último cigarro y se pregunta si tras la conversación sostenida por horas extensas, el mundo en algo habrá cambiado. Sonríe tristemente, la respuesta ya la sabe. Lo único seguro es que a la noche siguiente el bar de la esquina volverá a albergar infinidad de utopías y palabras. El edificio se estremece con ronquidos que, como truenos, parecen venir de todas partes y a lo lejos el ulular de una sirena se acerca, tan solo para comprobar la muerte mientras repunta el día, todavía ciego, todavía niño avergonzado.
En los extramuros de la ciudad, la mujer del hombre calvo se pasea con su hijo en brazos. Cada tanto mira por la ventana y en su pensamiento se repiten lapidarias, frases de resentimiento acumuladas por años. El niño chilla de hambre. Y en el gallinero, un escuálido gallo, canta. Su canto es tan áspero y duro como el nocturno ocaso. Y la luna tan sólo polvo de nebulosas, restos de estrellas, extinta diosa en los brazos de la noche humana.




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