apreciados visitantes (algunos fieles lectores)

martes, 29 de marzo de 2011

Centinela

Con la cabeza caída hacia un costado, los ojos prominentes, fijos en un horror que será perpetuo, el cuerpo de Jacinta Lillo cuelga del olmo centenario que corona el vetusto jardín del Centinela Hotel. La gruesa soga ha cercenado un  poco su garganta. La boca desfigurada babea saliva y sangre sobre su hombro. Parece un agujero sin labios, la boca. Un agujero abierto por el estertor de la asfixia. Por la nariz gotea un líquido espumoso y parduzco, y una cruz de plata conserva intacta su posición sobre el pecho. La tormenta, ensimismada, yace contenida en las grisáceas nubes y en el ímpetu del viento. La llovizna cae sin tregua, haciendo más noche la noche.

La muerte no se lleva aún toda su sangre, todavía no la cubre con su mortaja cerosa y amarillenta, la sangre muere de a poco, la sangre muere después y lento. Cierta vividez se rehúsa en sus mejillas y en la tierra mojada y blanda, sus zapatos que han debido soltarse con los últimos espasmos, comienzan a flotar en un charco de lodo y pasto y un perro vagabundo husmea, seguramente atraído por el olor a orines y a heces. 

El Centinela Hotel lleva ese nombre por el gran ojo art decó que ornamenta su fachada y por estar encumbrado en una loma, a espaldas de un ínfimo pueblo que en el siglo pasado tuvo su gran momento. Pero eso es pasado. Hoy, del Centinela sólo queda un manchón negruzco y deteriorado sobre la colina, las rosas han sido devoradas por malezas, zarzas y florcillas silvestres. Perviven algunas crónicas y recuerdos desperdigados. Y el olmo, siempre altivo e imponente. Hoy, de tarde en tarde, quizá por cual ejercicio del azar, aparece un visitante preguntando por alojamiento. Como Jacinta hace 10 días según consta en el libro de registro llevado ordenadamente y con minuciosa caligrafía por su anciana dueña.

Antes que amanezca, se desate la tormenta y la dueña del hotel de aviso de este macabro suceso, antes que aparezca la dotación en pleno de pequeño retén, la ambulancia del policlínico y el juez de turno traído desde la capital de la provincia, es necesario saber que la  difunta tenía 44 años, soltera, sin hijos, vivía de algunas heredadas rentas. Una tarde calma de domingo, rebuscando en el baúl donde guardaba las pertenencias de su madre encontró, al interior de un destartalado misal, una invitación ajada y amarillenta. Este hallazgo provocó en Jacinta una conmoción inusitada “Estimada Alicia, la presente tiene por objeto invitarte a pasar la temporada estival en Centinela Hotel. Esperamos recuerdes gratamente los momentos vividos en años anteriores y podamos contar con tu presencia. Ya han hecho sus reservas el Dr. Jaugeri, Elisa y Laura y nuestro infaltable Don Rigoberto. Esperamos verte, Aurora y Ramón. Confirma pronto pues bien sabes que en Enero el Centinela se copa. La Piedra,  1° de diciembre de 1963“  Observó detenidamente la fecha, la letra prolija y los nombres de los varones mencionados. Una serie de emociones intensas surgieron de su interior como una marea incontrolable. Su madre siempre se negó tenazmente a revelarle la identidad de su padre. Se cansó de preguntar y recibir como respuesta un inalterable silencio. Y ahora llegaba este papel amarillento a sus manos así tan fácilmente. Se había cansado de rebuscar en cajones datos, fotos, cartas y debió conformarse con la cruz de plata que su madre puso en su cuello diciendo: esto te lo dejó tu padre. Finalmente, guardó para sí, la incertidumbre y la tristeza. Mas, esa sombra  siempre volvía  y la perseguía nuevamente. Al día siguiente y sin mayores preparativos, tomó un bus rumbo a La Piedra. Cuando, tras un largo viaje, Jacinta llegó al Centinela Hotel, se sintió invadida por un sinnúmero de sensaciones  encontradas, un hermoso lugar, sin duda. Pero también siniestro. Desde la altura en que se enclavaba la construcción se tenía una impresionante panorámica de un mar bravío e impetuoso. Su arquitectura mantenía el sello de su estilo a pesar de la pátina del tiempo y, a pesar del menoscabo, aún encandilaba con su belleza. Una belleza perversa, sobreviviente en el deterioro. Aurora no ocultó la algarabía que le produjo la llegada de un visitante. Fue tan efusiva y cariñosa que Jacinta se sintió intimidada.

El comedor era un amplio y lóbrego salón. En una de sus esquinas había un clavicordio, en otra una estantería llena de libros, todos de tapas duras y colores oscuros. Una mesa de madera noble y sillas de estilo en el centro del cuarto. Antiguas lámparas de lágrimas cargadas de polvo y dos grandes ventanales cubiertos por unas gruesas cortinas de felpa verde. Aurora resultó ser una viejecilla parlanchina y sorprendente, le impresionó su agilidad y la lucidez de sus comentarios y argumentos. Se le veía luminosa, vestía un delantal con dibujos multicolores que le daban un aire de niña pintoresca… pero pronto esas primeras impresiones cambiarían radicalmente. Cuando Jacinta vio el cadáver del animal entero sobre una bandeja de plata creyó vomitaría de inmediato. Aurora comió con ansias y también bebió profusamente. Su avidez unida a una retórica blasfemante provocaron en Jacinta un temor extraño, preñado de deseo, deseo de saber lo que siempre le fue vedado. Como si la vieja supiese de su ansia, la invitó a recorrer las dependencias del hotel y cada habitación en la que entraban detonaba alguna anécdota profusa en detalles, detalles que iban tornándose cada vez más escabrosos y perversos. La vieja parecía conocer al revés y al derecho las vidas de los que habían sido sus clientes y se regocijaba ventilando sus miserias y tropiezos. Junto a muchos otros ya habían aparecido sobrados antecedentes referidos al tal Rigoberto, al Señor Jaugeri, a Elisa y Laura. Jacinta sentía el latir agitado de su pecho ante la perspectiva de escuchar el nombre de su madre enredado en esa lengua maléfica. Pero no era nombrada y no sabía realmente que la inquietaba más, si enterarse de algún obsceno secreto de su progenitora o constatar su ausencia en la truculenta memoria de la anciana.

Al ir acostarse, se sentía horriblemente. La verborrea de Aurora retumbaba en su mente, amplificada. No durmió nada y en medio del insomnio ya había decidido que se marcharía a penas despuntara el alba. Pero no pudo. Confiada en que a esa hora, la nonagenaria estaría profundamente dormida, mayúscula fue su sorpresa cuando se la encontró a boca de jarro en el rellano de la escalera. Vaya, que bien, dijo, haciendo caso omiso de la maleta que la delataba -eres tan madrugadora como yo-. Ven, acompáñame al gallinero, tendremos huevos frescos para el desayuno, de paso le tiramos el cogote a la Colorá, ¡mira que la tengo en engorda desde hace semanas! ¡nos haremos un buen caldo!. Venciendo su malestar, Jacinta tragó el desayuno y se resignó a seguir escuchando sus peroratas, acicateada, a su vez,  por la curiosidad, en espera a que de un momento a otro la vieja dijese: Ah!, pero si no te he contado nada de Alicia…  pero no sucedía y los minutos cada vez parecían más interminables.

En la tarde y contra todos los malos augurios de la anciana, se encaminó hacia al pueblo. Varias veces estuvo a punto de decirle que se marcharía, pero inexplicablemente las palabras se atoraban en su boca. Algo indescifrable emanaba de Aurora, algo que le impedía simplemente irse. Creyó que encontraría alivio al deshacerse por un rato de la veterana. Se detuvo junto al olmo maravillándose con su grosor y su estatura. Reparó en los románticos corazones y diversos nombres grabados en su corteza, sus ojos buscaron ávidos el nombre de su madre. Tampoco. Tampoco el árbol la recordaba. Enfiló por la bajada y a poco andar, se dio cuenta que eran ciertas las advertencias de la vieja: el sendero era extremadamente resbaloso y empinado, varias veces trastrabilló y el tintinear de las piedrecillas rodando, la nube de tierra rojiza que iba levantando, las negras nubes que de pronto aparecieron sobre su cabeza, el viento intempestivo, su cuerpo que se abalanzaba para despeñarse sin responder a sus esfuerzos por frenarlo. Despertó sobresaltada. Aurora a un costado de su cama la miraba sonriente. Por fin abres los ojos mujer, el doctor dijo que estarías inconsciente unas cuantas horas pero han sido unos cuantos días, exclamó lanzando una risotada. Te lo advertí, eso te pasa por porfiada, te pilló la ventolera, te caíste y te diste tremendo chancacazo en la cabeza, es que viene un temporal de padre y señor mío. Si quieres recuperarte tienes que comer, así que nada de mañas y a devorarse esta apetitosa cena. Con suma destreza la acomodó entre dos mullidos cojines, dejando sobre sus muslos la misma bandeja donde había yacido el puerco. El plaqué estaba lleno de salpicaduras de sangre seca. Salía vapor de la marmita de fierro. Adentro, en una sopa aceitosa, flotaban unas patas seguramente del mismo animal.

Así, Jacinta se encontró en esa cama a merced de la  alimentación y las habladurías de Aurora. Paulatinamente, la vieja fue silenciándose, trocando las palabras en acciones y gestos, en una permanente y aguzada vigilancia; a veces transformada en diligente enfermera, a veces en adusto gendarme. Jacinta fue debilitándose ante su dominio y se diluyeron las fronteras entre el sueño y la vigilia. El Centinela fue entonces ese ojo colosal que la escrutaba poniendo en entredicho su existencia. Mientras más se minaba su voluntad, más necesaria se hacía la anciana: limpiaba sus vómitos, la peinaba, la maquillaba, la perfumaba. Abría con tenacidad su boca obligándola a tragar espumosos brebajes y compotas espesas. A ratos, Jacinta intentaba sonsacar alguna información referida a su madre diciendo en tono zalamero, hábleme de otros huéspedes, seguro que las historias más sabrosas no me las ha contado, la anciana respondía con un tirón de pelo, un pelliscón, un bofetón suave a medio camino entre la broma y la evidente hostilidad. 

La víspera de su muerte, armándose de valor, Jacinta lanzó lejos el plato que la vieja le ofrecìa y la escupió groseramente, es admirable como usted recuerda a tanta gente –exclamo incisiva- y sin embargo a mi madre nunca la menciona. ¡Ella fue su huésped muchas veces, usted lo sabe!. ¿Y su marido, porque nunca menciona a su marido?. Eres la copia fiel de Alicia, respondió furiosa clavando sus ojos fulgurantes en la cruz de plata. Ramón y esa zorra mal nacida cometieron el más vil de los pecados, la traición -espetó con voz esperpéntica- al tiempo que sacaba la soga del bolsillo de su delantal y con un chasquear de dedos hacía entrar al hombrón que le ayudaba con la leña y otros menesteres que requerían esfuerzo. Jamás volví a saber de Ramón. Nosotras tampoco, contestó Jacinta con un hilo de voz mientras la cuerda caía en su cuello y la cruz parecía palpitar sobre su pecho.



martes, 22 de marzo de 2011

Aurora

Aurora retratada por Magdalena, su hermana,
otra precursora.
Hasta fines del siglo XIX, en la escena plástica chilena no participaba ninguna mujer. Aurora Mira Mena fue una de las pioneras que dio acceso al talento femenino en este ámbito, no tan sólo ejerciendo el oficio pictórico públicamente (asunto impensado en aquel entonces) si no también haciéndose acreedora de galardones en los Salones de Pintura de la época en lides con nuestros clásicos consagrados. 


Lamentablemente su aporte a la pinacoteca nacional fue breve y su Obra -al menos la divulgada- escasa. Esto producto, seguramente, de la cultura imperante que no tan sólo le restringía las temáticas posibles de abordar si no principalmente porque la vida femenina estaba orientada exclusivamente al matrimonio y a la maternidad no condiciéndose aquello ni con la participación igualitaria en las actividades artísticas ni con la profesionalización del oficio.

Rosas y Rocas

Aurora es reconocida especialmente por sus óleos de flores y frutas; en "Rosas y Rocas" es atractiva e innovadora, precisamente, la conjunción de esos dos motivos que dan título a la Obra, probablemente un fragmento del jardín de la Casona de Lo Mira, residencia de su familia, filtrado por una visión composicional atípica para la época. Los distintos planos de la Composición se funden de tal manera que los límites entre ellos se difuminan generándose una sensación de espacio íntimo y resguardado, una concavidad que cobija a estas flores cuyo ordenamiento parece natural y hasta caótico, una suerte de negación del procedimiento calculado y de taller que conlleva una Naturaleza Muerta. Sin embargo y curiosamente, también lo es: naturaleza muerta-viva en tanto rodeada de su genuino ambiente. Se funda una atmósfera vivazmente misteriosa, una realidad ambigua y evanescente. En una primera mirada el enfoque  aparece como frontal, mas, termina imponiéndose la sutileza de la "curva-diagonal" que es definitoria en la percepción de esta pintura, su estructura esencial que bien podría, si  el vigor circular contenido se desatase, ocasionar un torbellino visual. Este cordón de rosas, eje magnético de luz y color, levemente cimbreante y zigzagueante, encerrado en los grisáceos verdes de la vegetación y de las piedras, nos conduce como un sendero en movimiento, hacia las zonas ocultas de este cómplice rincón.

La superficie de la tela está vastamente intervenida por diversas zonas dispuestas en versátiles ángulos y direcciones; dos fondos -el muro de piedra, entramado de anchas improntas matéricas y veladuras y, que visto extraído de la totalidad, es absolutamente abstracto; y aquellas distantes figuras en blanco que se descubren como a espectros surgidos de la nada y de improviso, puntos de fuga que juegan con las flores y enfatizan su cercanía. Es un espacio saturado, un horror al vacío en armonía con un entorno fecundo y profuso.

Blancos, rosáceos pálidos, anaranjados-nácar, toques de amarillos y azulosos lilas y en el centro, en contraste agudo con un albo iluminadamente encendido, ese rojo sangre liberando energía hacia los vértices. Basta esa pequeña huella para generar una lógica formal y cromática repleta de sentido. Las figuras se obtienen manchando, si se aísla una de las rosas, ésta se desdibuja y emerge su ser mancha, cada una es en el conjunto como en un sortilegio que arma y desarma, existencia que brota milagrosamente de esas pinceladas que fijan la universalidad de los pétalos, la dinámica de sus contornos, las distintas fuerzas direccionales que les dan vida.

Otros óleos de Aurora:

Flores y Frutas
Mesa de comedor

lunes, 14 de marzo de 2011

Los Axis Mundi de Liz

Presencias inertes a la vez que tan vivas, enclavadas en esquinas, convergencias  o  grandes vías; comparecencias creativas y laboriosas de lo humano, calmos testigos de su pasar; la ciudad, con sus emblemáticas formas arquitectónicas configuran el cuadrante propio y compartido que Liz Alvarez, pintora bonaerense, formada precisamente en el arte de la arquitectura, aborda principalmente desde el legado Impresionista. 

"108 años", acrílico sobre madera
Se trata de Obras pintadas al natural, "in situ", en un instante preciso y precioso del paisaje, un momento singular de quien lo pinta, tiempo externo e interno, vivencia e impresión. Es esa alianza entre el objeto urbano, la mirada que observa, el sentir que suscita y la mano que plasma; ese frente a frente incidido por las emociones fugaces que lo rigen, por la luz efímera y transitoria, esa primera sensación visual que difumina la precisión exacta de la forma, ese incidirse mutuamente... ese trato es el soporte de una técnica que se caracteriza por formar la imagen mediante la mancha, con pinceladas presurosas que generan una inexactitud en la traducción del modelo, un inacabado atmosférico que arma una visión global prescindiendo del detalle. 

En "108 años" se retrata el edificio que alberga a la Casa de la Cultura de Buenos Aires y que antes fue sede del desaparecido diario La Prensa, ubicado en la Avenida de Mayo, punto primordial de la capital argentina. Liz toma de lo que ve los ángulos adecuados para entregar una atractiva perspectiva composicional; desde el otro lado de la calle apreciamos una amplia panorámica de la fachada que elude la frontalidad dejando que las diagonales constructivas de la edificación dinamicen la escena, aligerando el peso y la masa de la construcción con el uso del blanco y con un primer plano -que en contrapunto- deja entrar al espacio y aprovecha la verticalidad del farol y los árboles. La Composición, es decir, el ordenamiento de los elementos sobre la superficie y la interacción de los distintos planos, son el núcleo estructural de esta pintura que logra posicionarse como un umbral, un punto de acceso que convoca y prefigura la amplitud urbana que le rodea.


La Catedral, acrílico con espátula sobre madera
Conservando los cánones de su estilo, en esta Obra dichos parámetros son llevados a un mayor grado expresivo; influye en ello el uso de la espátula que permite abundantes empastes así como raspar pigmentos y generar texturas; se enfatizan los toques cromáticos que arman figuras, sombras, profundidades; las manchas se imponen más osadamente generando un juego estético con las hojas de los árboles, intervenciones directas de color que agudizan la abstracción de la forma en pos de una rauda aprehensión de la imagen. Si en la pintura anteriormente reseñada, la artista equilibraba fuerzas y gravitaciones mediante un juego composicional, aquí, dicha armonía y contrapeso se basa en el hallazgo del movimiento que se apodera del escaso follaje y parece hacerlo más frondoso. Es la percepción sensorial de la brisa que sopla modificando el ambiente,  ubicuo personaje que participa en ese primerísimo plano que corta la visión de la catedral y suaviza la presencia contundente de la edificación. Su carácter ascensional se acentúa con las tres verticales de los árboles abriendo con ello el simbolismo "clásico" que encierra este prototipo de arquitectura religiosa.

"Reflejos", Oleo con espátula sobre madera
"Reflejos" nos habla de una búsqueda distinta. Alejándose de los parámetros impresionistas y trabajando en una representación realista afincada en el dibujo, Liz retrata el encuentro de varias variables arquitectónicas que confluyen en este rincón urbano: la geometría del paisaje. Centrando su atención en la reverberación de la imagen y trasladando ese juego óptico desde la arquitectura a la pintura -un ejercicio solidario con el trompe-l'oeil (trampa al ojo o trampantojo)- se hace presente en esa fachada que hace de espejo, esa cúpula-fantasma que trae consigo el color del cielo y arroja luz sobre el espacio.   


La ciudad que habitamos nos atestigua, es memoria de uno mismo en lo cotidiano y en lo íntimo; recodos inolvidables asociados a nuestra personal historia, espacios que nos han marcado o  sitios a los que volvemos de manera incansable. Están allí nuestros relatos, arquitectos  que han edificado la propia vida. Retratarla, siempre es develar un axis mundi, ese eje cósmico que nos cruza omnipresente, el microcosmos ordenador que nos sujeta y desde el cual podemos vislumbrar el infinito que a su vez sostiene a nuestro pequeño territorio.


Pueden disfrutar de un bello catálogo con más Obras de Liz Alvarez aquí

lunes, 7 de marzo de 2011

Mamiferos e Inocentes

A Gaspar



De su inocencia mamífera y peluda
quiero la inocente inconsciencia de la muerte
su falta de aspiraciones y proyectos
y el puro circular de la sangre

la libertaria respiración
la existencia sin purga
 su falta de juicio
su asombro completo

y quiero 
ese imperecedero gozo suyo
al olfatear el mundo

quiero sobre todo
su ausencia de moral
mamífera e inocente

su alborozado instinto
que pide y agradece
que no resiente indiferencias
que pide y agradece
que no se aloja en el encono
ni en el remordimiento
que vive en esos ojos suyos
desprovistos de tiempo

Somos idénticos
pero yo no me he salvado de la mente
denme esos colmillos cercenadores suyos
ese hocico cavador
quiero destrozarla y sepultarla
quiero la inconsciencia de la muerte
la redimida respiración
y el puro circular de la sangre
la pura existencia
así
como cuando le amaba
y ella era también
mamífera e inocente.


En este evocar a mi último compañero canino que ahora está lejos, ha venido a mi otro ser perruno inolvidable: mi Zíngaro, un bóxer que me acompañó en la infancia y que a falta de hermanos humanos, ocupó ese espacio -sospecho que con mayor fraternidad y entrega-. Camarada de juegos y afectos, mi niñez habría carecido de muchas alegrías y de enormes descubrimientos sin su presencia. Desde el horizonte que la vida vivida me concede, comprendo como ejercité con él la maravillosa capacidad de abrazar, acariciar y acompañarse. Pero no sólo eso me enseñó ya que un día cualquiera Zíngaro desapareció y por más que lo buscamos, ni rastro. Fue mi primera gran tristeza y el primer doloroso experimentar de la pérdida. Muchos años después, cuando fui madre por primera vez, mis padres decidieron que ya era hora de decirme la verdad: Zíngaro no se había ido, Zíngaro había muerto -que bueno, es otra forma de partir-. Recordarlo hoy es un acceso fecundo a la pequeña que fui y reencontrarme en ella, también, como Zíngaro y Gaspar, mamífera e inocente.