Elena es hermosa y está de novia con la vida. Su infancia trepa por la existencia como si ésta fuese un monte en primavera y la naturaleza se doblega ante el verde ímpetu de sus ojos. Conoce lo que pronto olvidará pues transita el umbral de lo que desconoce.
Domingo, día de visita a la casa de los tíos. El tedio de estas tardes lentas, donde la sobremesa se extiende hasta la hora crepuscular y los adultos se congelan en el pasado y sus recuerdos, se ha ido transformando en un espacio milagroso para ella. De repente nadie la ve. Entonces, mientras ellos se enfrascan en la memoria y tras unos cuantos brebajes comienzan las disputas políticas y religiosas, Elena se dirige en busca del tesoro que hace mucho ha encontrado reservándose su hallazgo sólo para sí. Los laberintos de esta enorme, oscura y añeja casona le han entregado todos su secretos; deambula por esa maraña de escaleras y pasadizos sin temor alguno, acicateada por la recompensa que sabe obtendrá. Ni los chocolates, ni el juguete más preciado, ni los mimos de su padre ni las caricias de mamá, se le comparan. Jamás renunciaría a dicho caudal aunque tuviese que enfrentarse a los monstruos más horribles o a los castigos más infames. Ya ha sobrepasado duras pruebas: extraños olores, objetos desconocidos, crujidos inasibles, dimensiones vacías y empolvadas, arañas que salen de amarillentos papeles, flores mustias en jarrones enmohecidos, sombras aterradoras y un silencio abismal repleto de voces mudas.
La travesía comienza en la cocina -burbujeante como el caldero de una bruja-. La Juana es la hechicera y es tan vetusta y enigmática como la casa en la que sirve desde hace 30 años. Como experimentada maga sabe del arcano que la niña ha descubierto y la niña comprende que la anciana conoce de aquella ignota revelación. Hoy, se lleva un jugoso durazno en el bolsillo. Le gusta sentir la vellosidad de su cáscara entre los dedos aunque termine causándole escozor. También le gusta chupar el cuesco tras haberse deleitado con su carne. Después, la biblioteca. Grandes estanterías atiborradas de libros de diversos tamaños y grosores y una colosal lámpara, cuyas lágrimas de cristal tintinean al ritmo de su respiración.
Su predilecto es el Barba Azul, lo ha leído al revés y al derecho pero sólo hasta el clímax del relato, podría narrar a la perfección la historia de estas tres hermanas seducidas por este hombre poderoso que les satisface sus caprichos y les ofrece un cómodo pasar lleno de lujos y placeres. Sólo hay una restricción: jamás entrar a la habitación que está en la cumbre del castillo, nunca jamás usar la llave más pequeña del manojo que pende tentadora junto a las demás. Calabozo y muerte son las represalias ante dicha eventual insubordinación. Sin embargo, una de estas jóvenes mujeres, desobedece. Curiosa, desprendiéndose de la ingenuidad y del miedo, se deja llevar por el deseo de acceder a lo prohibido y conocer lo que le es vedado. ¿Qué sucede cuando la cerradura se abre?. Elena lee, jadeando y con el corazón desbocado, pero, inexorablemente, siempre en ese mismo instante - y privándola del desenlace- la música del piano llega a sus oídos. Entonces, cierra sigilosamente el libro. Espera unos minutos y cuando las armonías, las cadencias, los acordes y los arpegios inundan el ambiente, prosigue su viaje por chirriantes escalones hasta el último escondrijo del antiguo caserón. Allí, su primo José, ensaya y ensaya para su próximo concierto. Es el orgullo de la familia, con a penas 16 años ya demuestra su genialidad y maestría. Para Elena se trata de un muchacho huraño y solitario. Lo ha escudriñado por el cerrojo y por la delgada ranura entre la puerta y el suelo, y desde esa precaria visión, ha construido formas para este territorio clausurado: la renegrida mancha del instrumento, la silueta encorvada del pianista, sus palmas cóncavas sobrevolando el negro-blanco de las teclas que se hunden bajo la presión amorosa, colérica, frenética, briosa o dulce de sus yemas... tiembla al pensar que intespestivamente el piano se detiene, la puerta se abre y el joven descubre tamaña intromisión. Mas, ese estremecimiento es mínimo ante los espasmos vertiginosamente deliciosos que arrancan de sus manos.
Su predilecto es el Barba Azul, lo ha leído al revés y al derecho pero sólo hasta el clímax del relato, podría narrar a la perfección la historia de estas tres hermanas seducidas por este hombre poderoso que les satisface sus caprichos y les ofrece un cómodo pasar lleno de lujos y placeres. Sólo hay una restricción: jamás entrar a la habitación que está en la cumbre del castillo, nunca jamás usar la llave más pequeña del manojo que pende tentadora junto a las demás. Calabozo y muerte son las represalias ante dicha eventual insubordinación. Sin embargo, una de estas jóvenes mujeres, desobedece. Curiosa, desprendiéndose de la ingenuidad y del miedo, se deja llevar por el deseo de acceder a lo prohibido y conocer lo que le es vedado. ¿Qué sucede cuando la cerradura se abre?. Elena lee, jadeando y con el corazón desbocado, pero, inexorablemente, siempre en ese mismo instante - y privándola del desenlace- la música del piano llega a sus oídos. Entonces, cierra sigilosamente el libro. Espera unos minutos y cuando las armonías, las cadencias, los acordes y los arpegios inundan el ambiente, prosigue su viaje por chirriantes escalones hasta el último escondrijo del antiguo caserón. Allí, su primo José, ensaya y ensaya para su próximo concierto. Es el orgullo de la familia, con a penas 16 años ya demuestra su genialidad y maestría. Para Elena se trata de un muchacho huraño y solitario. Lo ha escudriñado por el cerrojo y por la delgada ranura entre la puerta y el suelo, y desde esa precaria visión, ha construido formas para este territorio clausurado: la renegrida mancha del instrumento, la silueta encorvada del pianista, sus palmas cóncavas sobrevolando el negro-blanco de las teclas que se hunden bajo la presión amorosa, colérica, frenética, briosa o dulce de sus yemas... tiembla al pensar que intespestivamente el piano se detiene, la puerta se abre y el joven descubre tamaña intromisión. Mas, ese estremecimiento es mínimo ante los espasmos vertiginosamente deliciosos que arrancan de sus manos.
El sonido la penetra y ella abre su pureza sin pudor.
Con las mejillas encendidas, saca la fruta del bolsillo, abre la boca y la muerde dejándose chorrear contra todas las reglas de la buena educación; su sabor y su textura se suman a las sensaciones e intensidades que giran, girasoles gigantes sobre un pastizal sin límites; sembradío de luz, delgado hilo de luna, curvo y centrípeto, caracol de prófugos océanos; marejadas huracanadas llueven pececillos que se descaman sobre las nubes. Elena, el piano, su primo, la biblioteca y el cuento inacabado son ahora una misma melodía que detona como la explosión del origen.
Cual mariposas excarceladas revolotean las páginas del libro y en la cocina, las sopaipillas con chancaca bullen en la marmita. La Juana revuelve con fruición, alza la vista y sonríe. Rememora cuando infringió la orden del Barba y encajando la llave en la aldaba abrió para siempre la puerta de su propio misterio.









