La transformación histórica-estética que nos permite señalar el fin del estilo gótico (último bastión del arte medioeval) y el comienzo del estilo renacentista, si bien se cimenta en una serie de sucesos socio-culturales, económicos y políticos así como en múltiples factores plásticos y técnicos; tiene en la Obra de Cimabue, Giotto y Masaccio, hitos paradigmáticos que nos hacen visualizar claramente el ciclo de esta transmutación. Estos tres pintores representan un período de transición muy atractivo y pedagógico -pues como naturales reflejos del espíritu de su tiempo- nos dejan ver las continuidades y las rupturas que se van produciendo en el paso de un estilo a otro. Sus producciones nos muestran las huellas de siglos de permanencia de los códigos pictóricos de la Edad Media, la lenta muerte de los mismos, así como también nos señalan los derroteros que irán configurando definitivamente al canon del Renacimiento y su re-creación de los parámetros clásicos de la Antiguedad. Cimabue y Giotto son florentinos de nacimiento y Masaccio se traslada siendo muy joven a Florencia. Giovanni Cimabue (Cenni di Pepo), desarrolló su obra a fines del siglo XIII, Giotto di Bondone en los inicios del siglo XIV y Tommaso di Giovanni di Mone Cassai -"Masaccio"- a comienzos del siglo XV. Algunos historiadores del arte, lo sitúan como el "inventor" de la perspectiva, tal y como la concebimos a partir del cuatroccento florentino.

CIMABUE
GIOTTO
Me conmueve que, habiendo vivido cada uno en una centuria distinta, se hayan enlazado de tal modo que, sin saberlo, construyeron este puente artístico entre una etapa y otra... este suceso "milagroso" nos recuerda que el espíritu humano es uno solo, que los sistemas caen por su propio peso y que el arte siempre será -quiera o no- testigo y reflejo de su tiempo.
Comenzaremos entonces abordando al Maestro Cimabue realizando una salvedad necesaria: muchas de las pinturas que la historia del arte consigna como obras de este pintor, son atribuidas a él, basándose en estudios comparativos especializados, con los originales donde hay certeza de su autoría.
En la siguiente secuencia de imágenes podemos apreciar como al interior de la Obra de este pintor, también se replica el tránsito desde lo gótico hacia lo renacentista. Si bien, en toda su Obra, este pintor conserva varias formalidades y formulismos del estilo imperante, fácilmente percibimos que lo que va quedando de las ordenanzas medievales son tan sólo una cáscara, se trata de los elementos básicos que conservan el orden establecido. Mas, el germen de "lo otro" está aquí vivo. Tan vivo, que la presencia divina se va reduciendo cada vez más -entre otros datos- al estereotipo de la aureola dorada. El signo se va vaciando de contenido, se convierte en una señal desprovista, a la vez que el impulso hacia lo humano se hace más intenso. Aunque las temáticas sigan siendo religiosas y los representados sean divinidades, santos o miembros de la jerarquía de la iglesia; la búsqueda irrefrenable de una representación que plasme al cuerpo humano con mayor verosimilitud y se acerque a su potencial expresivo y comunicativo, a los sujetos como individualidades de carne y hueso en contraposición a los conceptos abstractos y aleccionadores, parece ser ya en Cimabue, un proceso indetenible.
En la siguiente secuencia de imágenes podemos apreciar como al interior de la Obra de este pintor, también se replica el tránsito desde lo gótico hacia lo renacentista. Si bien, en toda su Obra, este pintor conserva varias formalidades y formulismos del estilo imperante, fácilmente percibimos que lo que va quedando de las ordenanzas medievales son tan sólo una cáscara, se trata de los elementos básicos que conservan el orden establecido. Mas, el germen de "lo otro" está aquí vivo. Tan vivo, que la presencia divina se va reduciendo cada vez más -entre otros datos- al estereotipo de la aureola dorada. El signo se va vaciando de contenido, se convierte en una señal desprovista, a la vez que el impulso hacia lo humano se hace más intenso. Aunque las temáticas sigan siendo religiosas y los representados sean divinidades, santos o miembros de la jerarquía de la iglesia; la búsqueda irrefrenable de una representación que plasme al cuerpo humano con mayor verosimilitud y se acerque a su potencial expresivo y comunicativo, a los sujetos como individualidades de carne y hueso en contraposición a los conceptos abstractos y aleccionadores, parece ser ya en Cimabue, un proceso indetenible.
Esta Madonna nos muestra la tradicional composición pictórica de la Edad Media: figuras jerarquizadas cuyas proporciones y ubicaciones en el espacio pictórico están predefinidas, separación del nivel celestial y el terrenal, colores institucionalizados que representan pre-conceptos, decorativismo, ángeles y trono. No hay vínculos entre los personajes, cada cual es una entidad cerrada en si misma, las miradas no se encuentran. Aún así, esta Virgen está distante de las efigies bizantinas y románicas absolutamente planas, esquemáticas y gráficas, de las cuales son herederas; podría decirse que está "en un medio camino" entre el icono y la representación naturalista. Presenta una menor rigidez, un mayor volumen, hay búsqueda de perspectiva por sobre el patrón fondo - figura, las tonalidades son menos puras, por ende mayormente matizadas, la profusión de detalles y ornamentaciones ha disminuido. Claramente, se trata de otra estética y de otro estilo (Románico vs Gótico) aunque en la sistematización histórica formen parte de una misma unidad (Edad Media) En este detalle de "La captura de Cristo" saltan a la vista como señales potentes del cambio, el tema en si mismo y el explicito gesto -el beso de la traición- que permite un acercamiento entre los personajes y la visibilidad de una relación entre ellos. Esta escena, suceso referido como parte de la vida de Dios hecho hombre, es de por si innovadora al interior del repertorio de imágenes que caracterizó al medioevo y desde ya, la mera elección del motivo nos habla de la transformación que está en juego. La elección de esta temática le permite a Cimabue proponer una Composición distinta que quiebre la estructura piramidal así como bajar del cielo a los personajes y posicionarlos en la tierra. Si bien Jesús mantiene en su rostro ciertas señales pantocráticas, sus rasgos y especialmente el bigote y la barba, dejan de ser ornamentos gráficos y tienden a la traducción real, los ojos no miran al cielo si no al público, la boca esboza un gesto. La corporeidad de los cuerpos, la materia de la cual estamos hechos, está aquí mucho más presente.

En esta "Madonna con San Francisco" apreciamos como Cimabue entra de lleno en el abandono de las convenciones medioevales. La jerarquización de las figuras ha disminuido notoriamente, los rostros se alejan del hieratismo y se igualan en lo humano sin distinción entre virgen, ángeles y santo; si bien aún no vemos el sentido colectivo que surgirá con Giotto y que conducirá a una de las estructuras composicionales características del Renacimiento -esa que establece perspectivas, relaciones espaciales y emocionales entre los personajes, esa que expresará diversas actitudes y posturas y que será determinante de una buena parte de la cuantiosa producción pictórica de los siglos XV y XVI, ya existe aquí una visión grupal antecesora que rompe el autismo icónico y permite una atmósfera más cálida que se aleja de lo puramente medieval. En el semblante de San Francisco de Asís, uno de los precursores esenciales del pensamiento renacentista y de sus postulados medulares: Humanismo, Individualismo y Naturalismo; podemos distinguir con más fuerza aún como se aproxima Cimabue a un quiebre fundacional. Las señas de continuidad con el estilo medieval que apreciamos en la "Madonna" se transmutan en esta "Madonna con San Francisco" en señas evidentes de la ruptura. Y no es menor que, precisamente, la imagen de la santidad abandone el firmamento y se deposite, por encima del símbolo, en la carne humana.De manera general, podemos plantear que en la Plástica de la Edad Media, la función escritural se traspasa a la estética pictórica ya que los contenidos, temas y mensajes son un eje primordial, el soporte estético se utiliza literariamente debido a la función religiosa que se le adjudica al arte y que persigue fijar doctrinas y perpetuar creencias. La Plástica Renacentista en tanto, si bien mantiene - y profusamente- dichas temáticas (así como incorpora otras de otra índole), está esencialmente centrada en los elementos puramente plásticos y estéticos, siendo -desde ahí- temas, mensajes y contenidos más bien pretextos para desarrollar propuestas estilísticas y fundar nuevos universos artísticos.
Y, finalmente, en esta figura, Cimabue ha entrado de lleno en otra forma de representar; técnicamente ha conseguido acercarse notoriamente a la imitación de lo real, adentrándose además en el territorio interior de lo humano: un rostro que expresa y busca individualizarse mediante un sentimiento, una actitud, una postura, una forma de mirar. Ha dejado de ser un ente intelectualizado, ya es una individualidad cercana que comparte con quien la observa, su propia humanidad.En el próximo post veremos las continuidades y las rupturas de estilo que se manifiestan entre la Obra de Cimabue y la Obra de Giotto.


















