Efectivamente, una serie de transformaciones han mantenido en silencio a La Cala quebrando el ritmo de publicación con el que habitualmente respira. Han sido y son cambios en mi existir externo pero sobre todo en mi suceder interno que -como todo está unido- me han retrotraído a la vez hacia mi pasado, esa bitácora de viaje a la cual a veces es beneficioso retornar, precisamente para constatar cuanto hemos cambiado, cual ha sido la ruta de ese cambio, donde estamos y somos ahora. Si bien, tras cada escrito -incluidos los pertenecientes a la literatura de ficción-, siempre se hace presente de algún modo u otro y en alguna medida, el escritor o la escritora que se parapeta tras narradores, personajes e inventadas historias; muy distinto es escribir directamente desde lo testimonial sin argucias, subterfugios ni disimulos. Que hoy, mi impulso interior me lleve a comunicarme con mis eventuales lectores desde esta otra plataforma, ya no el relato, ya no la crítica, ya no el artículo de opinión... me habla de una transformación en mi nexo con ustedes y es esto muy curioso por decirlo de algún modo, pues, como ya les anticipaba, de transformaciones precisamente ha estado hecho este último tiempo mio y de transformaciones este tiempo de ausencia.
Amparo, mi nieta, de improviso dice una palabra nueva y yo salto de asombro y de alegría. Ella ríe y siento se siente satisfecha. Aparentemente este nuevo conocimiento surge de pronto, pero sin duda ha habido un complejo y paulatino proceso para la cristalización del mismo y para que llegue a mis oídos ese precioso sonido salido de su boca. Igual sensación yo he experimentado con respecto a mi propia evolución... repentinamente, he escuchado ese sonido precioso de lo que en mi ha cristalizado apareciendo por si solo como si fuese un prodigioso toque mágico. Esa magia es la posibilidad siempre cierta, siempre abierta, siempre dispuesta a la modificación de la conciencia. Y como la vida y la muerte, hermanas inseparables, son expertas en mutaciones y metamorfosis, se han encargado de ponerme a prueba, sometiéndome a una prolongada reconversión de mi entorno íntimo, una sucesión de hechos, sentimientos, conflictos y crisis, todo ello, ahora lo sé, para que pudiese yo oír la bella melodía de mis propios cambios. Y este canto, se canta y se escucha en el silencio; allí donde la palabra calla y las publicaciones enmudecen.
Mas, para llegar a este cruce del camino tuvo que suceder lo que sucedió:
hace cuatro años mi vida llegó a un punto muerto. Ese lugar verdaderamente fue un haz de luz que me permitió el descenso y el ascenso imprescindibles para las transformaciones que me permitieron abandonar mi adicción al alcohol y a otras conductas emocionales destructivas. Mi sed de existencia comenzó a ser saciada con otros "licores" y mi mundo emocional aprendió a vivir sin provocar a la muerte. Amo mi sed y amo mis emociones pues las siento como la sustancia que hace de mi la persona que soy. Pero hay en el inicio de estos cambios un fuerte temor a la pérdida, a ser cercenado, a convertirse en algo que uno no es o no quiere ser pues por muy negativo que haya sido nuestro modo de existir hasta ese instante, es eso lo que se es y despojarse de ello significa quedarse sin nada, en un descampado, a la intemperie, al descubierto. En medio de aquello has parido a tus hijos, los has visto crecer, has amado, has sido amada, has trabajado y creado. Las vicisitudes de estos últimos meses me han posibilitado vivenciar intensamente que dicha mutación nada me quitó, si no por el contrario ha hecho de mi inherente contacto con lo emocional y de mi dipsomanía por el conocimiento y la existencia, un instrumental positivo que puesto en la práctica de los acontecimientos coopera, soluciona, logra, entrega, resiste, es paciente y voluntarioso.
Mas, para arribar a este cruce del camino tuvo que suceder lo que sucedió: para rehabilitarme, sanar, reaprender y reaprenderme, fue necesario separarme de mis tres hijos y la vida de ellos entonces, también sufrió un giro en 360 grados. A cada cual le tocó lo suyo: de lo bueno, de lo malo, de lo bello, de lo feo, de lo alegre y de lo triste. Mi hijo mayor inició su vida universitaria viviendo independiente, el adolescente rebelde y antisistémico a ultranza, hubo de responsabilizarse de si mismo y a poco andar me encontré con un hombre que no ha perdido la insurrección de su alma y que a la vez estudia, trabaja, paga sus estudios y sus cuentas. Mi hijo menor, con ocho años en aquel entonces, conoció a su padre -asunto que daría para una crónica aparte- estableciéndose allí un vínculo fundamental para él, que ha perdurado añadiendo a sus afectos a otra abuela y a otra hermana. Y mi hija tuvo que irse a otra ciudad a vivir con un progenitor ausente, prácticamente un extraño, frente al cual guardaba mucha rabia y dolor. Allá se enamoró de un joven tan joven como ella al cual sigue unida hasta el día de hoy. Y allá se gestó Amparo, que con su nueva palabra repentina ha detonado este testimonial post que recién comienza...
NO SOY LA MISMA PERO TAMBIEN LO SOY. HE AHI LA HECHICERIA DEL CAMBIO. OTRO DE SUS ABRECADABRAS CONSISTE EN QUE NO HAY TRANSFORMACION PERSONAL QUE NO TRANSFORME TAMBIEN A LOS DEMAS.




