
Los objetos, esa realidad paralela a nosotros mismos, surgida desde nuestras variadas necesidades, retoños del afán creativo que sostiene toda cultura -funcionales y/o decorativos- han tenido un espacio permanente en la historia de la pintura; siendo también protagonistas principales en innumerables obras de arte. La condición "faber" (fabricantes) de nuestro género, es uno de los propulsores de nuestro relato civilizatorio y existe, por tanto, desde ese origen, una estrecha cercanía entre la existencia humana y esas cosas que nos sirven y acompañan. Nuestro mundo más íntimo se señaliza en ellos, por su intermedio manifestamos nuestro ser de modo tal, que no sólo ocupan un espacio físico ni su fin se circunscribe a lo meramente utilitario u ornamental; también habitan nuestro territorio afectivo, simbólico e identitario. Y aquellas prendas con las que cubrimos nuestra desnudez, con las que nos abrigamos y protegemos; lo que calzamos resguardándonos de las asperezas del camino; constituyen un vínculo aún más próximo: objeto y cuerpo / cuerpo y objeto se significan mutuamente, se pertenecen, dejamos huella allí, son nuestra segunda piel y los desgastamos tal y como el tiempo lo hace con nosotros.
Los zapatos que Van Gogh pintó entre los años 1.886 y 1.888 nos develan esta estrecha unión de manera insoslayable. Tocados por el soplo vivo de los pies ausentes, guardan la carne, el alma y los huesos de sus dueños; sus pisadas, sus andares y recorridos. Las faenas realizadas, la fatiga. Fiel a su admiración y empatía por el trabajo campesino, minero y obrero, Vincent convierte a estos viejos y deteriorados objetos en vivencias humanas encarnadas en lo inerte. Se hace imposible observarlos sin imaginar rostros, manos, espaldas y miradas; personas entregadas a un trabajo sacrificado y sudoroso. De allí surge el caudal emotivo que los anima y que transfigura su esencia inanimada, en vida. Unidos a su raigambre holandesa, barroca y realista, lejos del colorido altisonante y la pincelada vertiginosa que llegará a caracterizarlo, apreciamos aquí una tonalidad cálida y uniforme que obliga a concentrarse en el motivo; la quietud del descanso armoniza con esta atmósfera monócroma. En los zapatos sobre el paño, el artista se ha concentrado en la fijación de luces, sombras, pliegues y contrastes, es una pintura de estudio que enternece por la humildad de lo que plasma, no se trata de los modelos clásicos del bodegón ni de retratar vistosos enseres y desde esa modestia del tema surge una expresiva poesía: sentimental y dramática. Sí, porque la expresividad emotiva es un rasgo natural en Van Gogh, una impronta presente desde sus primeras etapas. Sus apuestas estilísticas irán variando, podrán distorsionarse las formas y el color ir adueñándose de las imágenes, hacerse más y más frenéticas las pinceladas... sin embargo, ese ver en el afuera las emociones del adentro, ya está presente en estos zapatos, y como tal, son tratados con una humanidad conmovedora.
En este par, el color se hace presente en una dinámica restringida al servicio de la forma. El pintor juega con lo templado y lo frío, toda la composición se articula en base a estas conexiones entre marrones, anaranjados y azules que sustentan el plano, el fondo y la figura. Llama la atención ese sitio inexacto que huye de la figuración representativa en el cual Van Gogh ubica su tema, quizás un fragmento de realidad que parece desprenderse de la misma, aislando al objeto en un lugar único, como si de una pieza incólume se tratase.
Desde ese mismo ritmo composicional: objeto, base, fondo / negro, blanco, negro; Vincent plasma estos zapatos sin más soporte que esa negrura y su antítesis. El color y su ausencia, el brillo y las medias tintas y la sombra renegrida, rotunda, casi ahuecando el blanco. Van Gogh obtiene muy bien el efecto de abultamiento y depresión en la materia: las señales de esos pies, sus maneras de pisar, las marcas de sus trayectos. Parece un paisaje surreal, como si los zapatos estuviesen sobre la luna en la noche profunda del universo.El influjo parisino del Impresionismo se muestra en esta obra. Su paleta se ha aclarado, incluso apastelado; los colores se iluminan, la forma es más sinuosa y vibrante, la aplicación del color también es más suelta, más ágil; el fondo -que aquí es claramente piso como claramente desde arriba es la mirada- se convierte en un espacio decorativo y en vez de contrastes se busca la unión de los elementos en una imagen integrada. Si bien el colorido ha sufrido una transformación, lo atmosférico sigue predominando pues se trata de tonalidades en una misma gama.
Estas pinturas son herederas de la estética social que arranca de "Los Comedores de Patatas", muestra de la empatía que el artista siempre sintió por los desposeídos y marginados. El trayecto pictórico que Vincent realizó desde la estilística barroca y realista, pasando por las influencias impresionistas hasta llegar a la consolidación de un estilo completamente suyo: expresionista y emocional, espejo de si mismo; convierte a sus 900 obras en una magistral lección de incansable búsqueda. Los numerosos hallazgos de ese transitar fueron de suma relevancia para el acontecer posterior de la pintura. La plástica del siglo XX tiene en Van Gogh un referente inexorable.
Zapatos con alma, duermen el sueño de lo humano, ajenos a su propio avatar, lejos del esfuerzo diario, de la miseria y la explotación, se alzan como honorables caminantes del barro y de la piedra, de sembradíos y huertos, Vincent Van Gogh los dignifica y los salva de la herrumbre y del olvido.















