El Greco - Doménikos Theotokópoulos (Grecia, 1541 - España, 1614)
María Magdalena
La genialidad de todo gran maestro radica en arrancar de los formulismos imperantes doblándole la mano al molde instituido para extraer de aquel sus más fidedignas raíces. Un canon vivo, más que unas rígidas medidas, más que la obediencia al orden establecido, más que el cumplimiento oficioso de unas reglas. En esa transgresión pervive la máxima lealtad a las "cuestiones de fondo" y éstas existen en el alma del artista, independientes de las ordenanzas de su época. Nadie mejor que El Greco para superar la "chatez" de la doctrina y darle alma; tanto así que a Felipe II nunca le agradaron sus creaciones, a las cuales consideró inapropiadas para los panfletos de su contrareforma.
Un cielo encapotado y agorero. Las nubes, perdiendo sus formas, se adueñan del espacio. Su blanco no es luz si no advertencia, signo de un cambio que ya viene. La lluvia, contenida y latente, el agua, invasiva y catártica. La roca, tranfigurando su inerte esencia, texturada, adquiere una inusual latencia y es abrazada milagrosamente por la enredadera -cual signo que la corona pacificando el augurio de la transformación que acecha-. Al interior de la suave sencillez de esta pintura y más allá y al margen de las fórmulas convencionales y academicistas de su tiempo, del sello español austeramente religioso; todo en esta escena parece presagiar una transmutación, un proceso muy alejado del mero afán que busca fijar imágenes y acontecimientos bíblicos. Por el contrario, derriba el dogma y desde la fragilidad humana de la mujer, desde el ánima de la naturaleza, convoca a una espiritualidad que subyuga e invita a la contemplación. Tras la marca retratista y realista, se siembra un sustrato intensamente simbólico y abstracto cuya presencia late sutil pero vívidamente. Es una insinuación, un susurro, un soplo. En este diminuto e inocente fragmento del paisaje se ponen en juego energías soterradas que expresan desde su silencio, mucho más que las figuras que se nos presentan, como si la apariencia pictórica no fuera más que eso, cáscara. Cáscara que en cualquier momento cae. Una artimaña, un prosenio que se derriba, adminículos falsos. Podría decirse que la obra está posesionada en ese punto exacto, en ese umbral previo a la revelación del misterio y a la caída de las máscaras. Por ello, quizá, al observarla, nos parece que todo puede desvanecerse en un instante, que la imagen ha de diluirse, que se sostiene ficticia, etérea y volátil.
Nada importa para esta apertura de conciencia si prevalece la interpretación occidental: María Magdalena como la prostituta salvada por Jesús de la lapidación, acontecimiento que le sirve al mesías para indicar que nadie es tan inmaculado como para tirarle piedras al prójimo o, si gana terreno la noción de oriente que ve en esta mujer a una discípula más, evangelizadora y evangelista, además de su compañera. Lo medular es la numínica revelación de la cual seremos testigos. El numen del pintor. Su propio espíritu.
Nubosidad mortecina, roca viva y hiedra. Y la María Magdalena. Y su piel que acapara la luminosidad de la cual el cielo reniega. Su alba piel tan lejos del mármol. Tan carne. La calavera, a su lado, señala el rumbo y ella espera confiada en esa ausencia, en esa honda mudez, en ese vibrar tamizado. Y en sus ojos el axis mundi del mundo, aquel eje cosmogónico y existencial , melancólico y nostálgico. En ellos está la lluvia que el cielo contiene. La mujer es tocada por lo oculto y lo completa. Como en un espejo en ella se refleja. La distorsión de las formas que hacen de la obra de El Greco un estilo en si mismo, está allí, en esa mirada que se alarga, que se deforma bellamente, haciéndose notoriamente expresiva y decidora. Es esta una pintura -hablando comparativamente en función de su prolífera producción- donde dicho cariz es más bien sobrio, aunque firme y determinante en la percepción total de la imagen. El Greco es un manierista por naturaleza, busca el expresionismo en la forma, es decir, que ella por si misma, en su propia construcción, hable, simbolice, manifieste. Tuvo en Miguel Angel y en la escuela veneciana renacentista con sus máximos exponentes: Tiziano, Tintoretto, Giorgione y Veronés, importantes paradigmas, tal y como lo confirman los datos biográficos de los que se disponen. Manierismo es el concepto que la historia del arte ha acuñado para designar la impronta que el arte clásico griego adquirió, tras el apogeo del período clásico, el paso desde un patrón autárquico, es decir, vuelto hacia adentro de la identidad griega hacia la expansión y el sincretismo que significó la difusión que de ella hiciera Alejandro Magno. Esto señala la diferencia y la continuidad entre lo que entendemos por "helénico" y lo que entendemos por "helenístico". Se trata del transcurrir de lo apolíneo a lo dionisíaco, vertientes ambas que construyeron -siglos después- al Renacimiento y que podríamos ejemplificar en Leonardo (con Apolo) y Miguel Angel (con Dionisios) o, si se quiere, en los pintores florentinos y en los posteriores pintores venecianos. La estética apolínea busca la belleza ideal, platónica, mesurada en tanto equilibrada y armónica; la estética dionisíaca, por el contrario, persigue el quiebre de ese orden tan perfecto en aras de más emoción, de más pasión, de mayor teatralidad y expresividad. Curiosa e inéditamente entonces, El Greco une la infracción a la utopía con los más ortodoxos mensajes del catolicismo. De igual modo, es un heredero de los modelos bizantinos -la pintura de íconos del oriente, perpetuada y recreada en este caso en la Magdalena: detenida en el gesto, estilizada, esbelta, de alargado cuello, de brazos largos y alargados dedos, y un seguidor también del legado renacentista: italiano, helenístico y latino. El Greco, por tanto, es un portentoso catalizador de las corrientes plásticas a lo largo de muchas centurias. Por eso, es también, un maestro.
Esta pintura nos muestra además la paleta cromática que lo caracteriza. Restringida y fría, acerada e invernal. Y el juego sincrónico de los tonos: calavera y cabellera -notas ocres que se esparcen al horizonte-, cabellera y hiedra, blanco opaco, blanco traslúcido, manto y cielo, roca y tierra.
La visión lateral y "desde abajo" dinamiza la composición, así como las diagonales desrigidizan las claves triangulares persistentes del medioevo. Este modo de poner en acción a los elementos genera un prístino encadenamiento de los planos y, por ello, si bien la representación de la mujer ocupa la mayor parte de la superficie, los elementos que la acompañan adquieren igual valor y resonancia. Las significancias latentes se reparten y desde ese punto de vista no hay fondo, no hay personaje, no hay accesorios complementarios. Hay un todo que se percibe como tal, de golpe y contundente. Es interesante este logro para la asimilación de la obra por parte del espectador, ya que rompe la segmentación tan propia de los temas religiosos. Dicha sensación de unidad, carente de estratificaciones, espiritualiza la imagen y la eleva hacia lo místico, que, en definitiva, es lo que El Greco ansía plasmar y que, sin duda logra, aunque no tengamos claras palabras para explicarlo.
Versión de El Greco quien rescata el Manierismo de la Grecia Helenística

Laocoonte y sus hijos.
Versión Helenística (escultura)
Un cielo encapotado y agorero. Las nubes, perdiendo sus formas, se adueñan del espacio. Su blanco no es luz si no advertencia, signo de un cambio que ya viene. La lluvia, contenida y latente, el agua, invasiva y catártica. La roca, tranfigurando su inerte esencia, texturada, adquiere una inusual latencia y es abrazada milagrosamente por la enredadera -cual signo que la corona pacificando el augurio de la transformación que acecha-. Al interior de la suave sencillez de esta pintura y más allá y al margen de las fórmulas convencionales y academicistas de su tiempo, del sello español austeramente religioso; todo en esta escena parece presagiar una transmutación, un proceso muy alejado del mero afán que busca fijar imágenes y acontecimientos bíblicos. Por el contrario, derriba el dogma y desde la fragilidad humana de la mujer, desde el ánima de la naturaleza, convoca a una espiritualidad que subyuga e invita a la contemplación. Tras la marca retratista y realista, se siembra un sustrato intensamente simbólico y abstracto cuya presencia late sutil pero vívidamente. Es una insinuación, un susurro, un soplo. En este diminuto e inocente fragmento del paisaje se ponen en juego energías soterradas que expresan desde su silencio, mucho más que las figuras que se nos presentan, como si la apariencia pictórica no fuera más que eso, cáscara. Cáscara que en cualquier momento cae. Una artimaña, un prosenio que se derriba, adminículos falsos. Podría decirse que la obra está posesionada en ese punto exacto, en ese umbral previo a la revelación del misterio y a la caída de las máscaras. Por ello, quizá, al observarla, nos parece que todo puede desvanecerse en un instante, que la imagen ha de diluirse, que se sostiene ficticia, etérea y volátil.
Nada importa para esta apertura de conciencia si prevalece la interpretación occidental: María Magdalena como la prostituta salvada por Jesús de la lapidación, acontecimiento que le sirve al mesías para indicar que nadie es tan inmaculado como para tirarle piedras al prójimo o, si gana terreno la noción de oriente que ve en esta mujer a una discípula más, evangelizadora y evangelista, además de su compañera. Lo medular es la numínica revelación de la cual seremos testigos. El numen del pintor. Su propio espíritu.
Nubosidad mortecina, roca viva y hiedra. Y la María Magdalena. Y su piel que acapara la luminosidad de la cual el cielo reniega. Su alba piel tan lejos del mármol. Tan carne. La calavera, a su lado, señala el rumbo y ella espera confiada en esa ausencia, en esa honda mudez, en ese vibrar tamizado. Y en sus ojos el axis mundi del mundo, aquel eje cosmogónico y existencial , melancólico y nostálgico. En ellos está la lluvia que el cielo contiene. La mujer es tocada por lo oculto y lo completa. Como en un espejo en ella se refleja. La distorsión de las formas que hacen de la obra de El Greco un estilo en si mismo, está allí, en esa mirada que se alarga, que se deforma bellamente, haciéndose notoriamente expresiva y decidora. Es esta una pintura -hablando comparativamente en función de su prolífera producción- donde dicho cariz es más bien sobrio, aunque firme y determinante en la percepción total de la imagen. El Greco es un manierista por naturaleza, busca el expresionismo en la forma, es decir, que ella por si misma, en su propia construcción, hable, simbolice, manifieste. Tuvo en Miguel Angel y en la escuela veneciana renacentista con sus máximos exponentes: Tiziano, Tintoretto, Giorgione y Veronés, importantes paradigmas, tal y como lo confirman los datos biográficos de los que se disponen. Manierismo es el concepto que la historia del arte ha acuñado para designar la impronta que el arte clásico griego adquirió, tras el apogeo del período clásico, el paso desde un patrón autárquico, es decir, vuelto hacia adentro de la identidad griega hacia la expansión y el sincretismo que significó la difusión que de ella hiciera Alejandro Magno. Esto señala la diferencia y la continuidad entre lo que entendemos por "helénico" y lo que entendemos por "helenístico". Se trata del transcurrir de lo apolíneo a lo dionisíaco, vertientes ambas que construyeron -siglos después- al Renacimiento y que podríamos ejemplificar en Leonardo (con Apolo) y Miguel Angel (con Dionisios) o, si se quiere, en los pintores florentinos y en los posteriores pintores venecianos. La estética apolínea busca la belleza ideal, platónica, mesurada en tanto equilibrada y armónica; la estética dionisíaca, por el contrario, persigue el quiebre de ese orden tan perfecto en aras de más emoción, de más pasión, de mayor teatralidad y expresividad. Curiosa e inéditamente entonces, El Greco une la infracción a la utopía con los más ortodoxos mensajes del catolicismo. De igual modo, es un heredero de los modelos bizantinos -la pintura de íconos del oriente, perpetuada y recreada en este caso en la Magdalena: detenida en el gesto, estilizada, esbelta, de alargado cuello, de brazos largos y alargados dedos, y un seguidor también del legado renacentista: italiano, helenístico y latino. El Greco, por tanto, es un portentoso catalizador de las corrientes plásticas a lo largo de muchas centurias. Por eso, es también, un maestro.
Esta pintura nos muestra además la paleta cromática que lo caracteriza. Restringida y fría, acerada e invernal. Y el juego sincrónico de los tonos: calavera y cabellera -notas ocres que se esparcen al horizonte-, cabellera y hiedra, blanco opaco, blanco traslúcido, manto y cielo, roca y tierra.
La visión lateral y "desde abajo" dinamiza la composición, así como las diagonales desrigidizan las claves triangulares persistentes del medioevo. Este modo de poner en acción a los elementos genera un prístino encadenamiento de los planos y, por ello, si bien la representación de la mujer ocupa la mayor parte de la superficie, los elementos que la acompañan adquieren igual valor y resonancia. Las significancias latentes se reparten y desde ese punto de vista no hay fondo, no hay personaje, no hay accesorios complementarios. Hay un todo que se percibe como tal, de golpe y contundente. Es interesante este logro para la asimilación de la obra por parte del espectador, ya que rompe la segmentación tan propia de los temas religiosos. Dicha sensación de unidad, carente de estratificaciones, espiritualiza la imagen y la eleva hacia lo místico, que, en definitiva, es lo que El Greco ansía plasmar y que, sin duda logra, aunque no tengamos claras palabras para explicarlo.
Versión de El Greco quien rescata el Manierismo de la Grecia Helenística

Laocoonte y sus hijos.
Versión Helenística (escultura)









