apreciados visitantes (algunos fieles lectores)

lunes, 30 de noviembre de 2009

El Greco: una joya de la pintura universal.

El Greco - Doménikos Theotokópoulos  (Grecia, 1541 -  España, 1614) 


María Magdalena

La genialidad de todo gran maestro radica en arrancar de los formulismos imperantes doblándole la mano al molde instituido para extraer de aquel sus más fidedignas raíces. Un canon vivo, más que unas rígidas medidas, más que la obediencia al orden establecido, más que el cumplimiento oficioso de unas reglas. En esa transgresión pervive la máxima lealtad a las "cuestiones de fondo" y éstas existen en el alma del artista, independientes de las ordenanzas de su época. Nadie mejor que El Greco para superar la "chatez" de la doctrina y darle alma; tanto así que a Felipe II nunca le agradaron sus creaciones, a las cuales consideró inapropiadas para los panfletos de su contrareforma.


Un cielo encapotado y agorero. Las nubes, perdiendo sus formas, se adueñan del espacio. Su blanco no es luz si no advertencia, signo de un cambio que ya viene. La lluvia, contenida y latente, el agua, invasiva y catártica. La roca, tranfigurando su inerte esencia, texturada, adquiere una inusual latencia y es abrazada  milagrosamente por la enredadera -cual signo que la corona pacificando el augurio de la transformación que acecha-. Al interior de la suave sencillez de esta pintura y más allá y al margen de las fórmulas convencionales y academicistas de su tiempo, del sello español austeramente religioso; todo en esta escena parece presagiar una transmutación, un proceso muy alejado del mero afán que busca fijar imágenes y acontecimientos bíblicos. Por el contrario, derriba el dogma y desde la fragilidad humana de la mujer, desde el ánima de la naturaleza, convoca a una espiritualidad que subyuga e invita a la contemplación. Tras la marca retratista y realista, se siembra un sustrato intensamente simbólico y abstracto cuya presencia late sutil pero vívidamente. Es una insinuación, un susurro, un soplo. En este diminuto e inocente fragmento del paisaje se ponen en juego energías soterradas que expresan desde su silencio, mucho más que las figuras que se nos presentan, como si la apariencia pictórica no fuera más que eso, cáscara. Cáscara que en cualquier momento cae. Una artimaña, un prosenio que se derriba, adminículos falsos. Podría decirse que la obra está posesionada en ese punto exacto, en ese umbral previo a la revelación del misterio y a la caída de las máscaras. Por ello, quizá, al observarla, nos parece que todo puede desvanecerse en un instante, que la imagen ha de diluirse, que se sostiene ficticia, etérea y volátil. 


Nada importa para esta apertura de conciencia si prevalece la interpretación occidental: María Magdalena como la prostituta salvada por Jesús de la lapidación, acontecimiento que le sirve al mesías para indicar que nadie es tan inmaculado como para tirarle piedras al prójimo o, si gana terreno la noción de oriente que ve en esta mujer a una discípula más, evangelizadora y evangelista, además de su compañera. Lo medular es la numínica revelación de la cual seremos testigos. El numen del pintor. Su propio espíritu.


Nubosidad mortecina, roca viva y hiedra. Y la María Magdalena. Y su piel que acapara la luminosidad de la cual el cielo reniega. Su alba piel tan lejos del mármol. Tan carne.  La calavera, a su lado, señala el rumbo y ella espera confiada en esa ausencia, en esa honda mudez, en ese vibrar tamizado.  Y en sus ojos el axis mundi del mundo, aquel eje cosmogónico y existencial , melancólico y nostálgico. En ellos está la lluvia que el cielo contiene. La mujer es tocada por lo oculto y lo completa. Como en un espejo en ella se refleja. La distorsión de las formas que hacen de la obra de El Greco un estilo en si mismo, está allí, en esa mirada que se alarga, que se deforma bellamente, haciéndose notoriamente expresiva y decidora. Es esta una pintura -hablando comparativamente en función de su prolífera producción- donde dicho cariz es más bien sobrio, aunque firme y determinante en la percepción total de la imagen. El Greco es un manierista por naturaleza, busca el expresionismo en la forma, es decir, que ella por si misma, en su propia construcción, hable, simbolice, manifieste. Tuvo en Miguel Angel y en la escuela veneciana renacentista con sus máximos exponentes: Tiziano, Tintoretto, Giorgione y Veronés,  importantes paradigmas, tal y como lo confirman los datos biográficos de los que se disponen. Manierismo es el concepto que la historia del arte ha acuñado para designar la impronta que el arte clásico griego adquirió, tras el apogeo del período clásico, el paso desde un patrón autárquico, es decir, vuelto hacia adentro de la identidad griega hacia la expansión y el sincretismo que significó la difusión que de ella hiciera Alejandro Magno. Esto señala la diferencia y la continuidad entre lo que entendemos por "helénico" y lo que entendemos por "helenístico". Se trata del transcurrir de lo apolíneo a lo dionisíaco, vertientes ambas que construyeron -siglos después- al Renacimiento y que podríamos ejemplificar en Leonardo (con Apolo) y Miguel Angel (con Dionisios) o, si se quiere, en los pintores florentinos y en los posteriores pintores venecianos. La estética apolínea busca la belleza ideal, platónica, mesurada en tanto equilibrada y armónica; la estética dionisíaca, por el contrario, persigue el quiebre de ese orden tan perfecto en aras de más emoción, de más pasión, de mayor teatralidad y expresividad. Curiosa e inéditamente entonces, El Greco une la infracción a la utopía con los más ortodoxos mensajes del catolicismo. De igual modo, es un  heredero de los modelos bizantinos -la pintura de íconos del oriente, perpetuada y recreada en este caso en la Magdalena: detenida en el gesto, estilizada, esbelta, de alargado cuello, de brazos largos y alargados dedos,  y un seguidor también del legado renacentista: italiano, helenístico y latino. El Greco, por tanto, es un portentoso catalizador de las corrientes plásticas a lo largo de muchas centurias. Por eso, es también, un maestro.
                                                                                   

Esta pintura nos muestra además la paleta cromática que lo caracteriza. Restringida y fría, acerada e invernal. Y el juego sincrónico de los tonos: calavera y cabellera -notas ocres que se esparcen al horizonte-, cabellera y hiedra, blanco opaco, blanco traslúcido, manto y cielo, roca y tierra. 


La visión lateral y "desde abajo" dinamiza la composición, así como las diagonales desrigidizan las claves triangulares persistentes del medioevo. Este modo de poner en acción a los elementos genera un prístino encadenamiento de los planos y, por ello, si bien la representación de la mujer ocupa la mayor parte de la superficie, los elementos que la acompañan adquieren igual valor y resonancia. Las significancias latentes se reparten y desde ese punto de vista no hay fondo, no hay personaje, no hay accesorios complementarios. Hay un todo que se percibe como tal, de golpe y contundente. Es interesante este logro para la asimilación de la obra por parte del espectador, ya que rompe la segmentación tan propia de los temas religiosos. Dicha sensación de unidad, carente de estratificaciones, espiritualiza la imagen y la eleva hacia lo místico, que, en definitiva, es lo que El Greco ansía plasmar y que, sin duda logra, aunque no tengamos claras palabras para explicarlo. 


Versión de El Greco quien rescata el Manierismo de la Grecia Helenística








     Laocoonte y sus hijos.












Versión Helenística (escultura)




lunes, 23 de noviembre de 2009

La madre del cordero II: Doña Muerte madre de la vida.


Recientemente bípedos, un hombre y una mujer recorren el exhuberante paisaje recolectando jugosos frutos de los árboles, atentos a todos los sonidos, sobre todo a los más imperceptibles se ponen en posición de ataque cada vez que sus aguzados oídos detectan alguna vibración que les parezca nueva. Pero, esta vez, no es un ruido el que hace funcionar sus mecanismos de alerta...  el hedor, penetrante ingresa en sus olfatos. En esta ocasión no se trata del cadáver de un animal. Es uno de ellos. Un ser humano. El cuerpo muerto de un semejante. Y el horror estalla. Estalla pues sus conciencias se iluminan hacia la comprensión de su propio destino. Y dicha verdad es aterradoramente violenta. Tal como ellos, lo que tenemos más a mano de nosotros mismos es la materia que nos hace autopercibirnos como existentes; que dicho material animado pase de pronto a ser un elemento inerte, que se descomponga y se pudra hasta llegar a ser huesos solamente, es una imagen pavorosa sobre todo porque -como plantea el filósofo post moderno Georges Bataille- "... nos arranca de la obstinación que tenemos por ver durar el ser que somos. Desfallece nuestro corazón frente a la idea de que la individualidad que está en nosotros será aniquilada súbitamente... Somos seres discontinuos, pero nos queda la nostalgia de la continuidad perdida. La muerte tiene el sentido de la continuidad del ser." 

Lo que llamamos la muerte, es básicamente, la conciencia que tenemos de ella. Y he aquí la madre existencial del cordero. Y su paradoja, pues la comprensión de nuestra finitud configura el salto evolutivo imprescindible para constituirnos en la especie que somos, mas, dicha constatación se inscribe en nuestra mente colectiva como pánico instintivo y ancestral. Sin embargo, ¿qué hicieron dicho hombre y dicha mujer del origen ante el difunto?. Tras el pánico y el asco, lo enterraron.  Para no verlo ni contaminarse echaron tierra sobre sus despojos. Pero además marcaron simbólicamente el lugar y lo veneraron. A pesar del rechazo que la putrefacción de la carne provocó en ellos, también sintieron que había allí un grandioso misterio consustancial a la vida, como ésta es consustancial a la muerte. Intuyeron que el muerto ha accedido a lo olvidado y por consiguiente lo honraron y crearon a su alrededor una vivencia sagrada, costumbre que pervive hasta hoy día, aunque muchas veces despojada de su sentido más profundo y primordial. El punto es que el horror esencial, da paso a un ineludible diálogo con nuestro sino que hace germinar lo humano, de esta certidumbre surgen los primeros ritos y en ella está la base de las civilizaciones, el mito, la historia y el arte.  Nuestra humanidad se edifica sobre este despertar espiritual. La conciencia de muerte da vida al espíritu. Y es ésta, nuestra radical diferencia con los animales.

Las culturas pre históricas así como las civilizaciones antiguas y paganas se relacionaron con la certeza de la muerte incorporándola en la existencia de manera vital, buscando diversas salidas al asunto y generando a través de ello creación e identidad. Obviando diferencias y peculiaridades, podría establecerse que la visión que se instaló fue circular, vida y muerte como un eterno retorno, inseparables: la muerte no trae más muerte, la muerte llama a la vida como la vida a la muerte, morir es regresar al sitio de donde venimos, la disolución del ego, el paso de la discontinuidad a la continuidad del Ser y con ello, el fin de la escisión y el desgarro.

El establecimiento monopólico de las premisas católicas en el mundo occidental, rompió esta sincronía (no Jesús si no su iglesia). Muy extenso sería detallar este argumento. Cierto es que para muchos/as, dichas premisas y su accionar en la tierra, han caído en un irreversible descrédito. Sin embargo, aunque no nos demos cuenta, cargamos con esa herencia dañiña que se suma a nuestra condición de siervos de un sistema social, político y económico que endiosa al dinero y al consumismo, al exitismo y a la frivolidad crónica. Hoy en día, el miedo se apodera de la humanidad de un modo más subtrepticio y por ello mismo mucho más amenazante. La inevitable propia muerte se asume aparentemente sin grandes conflictos, más bien no es tema y se impide que lo sea, no se le menciona y hasta es de mal gusto referirse a ella, no está viva en la educación ni en la cultura, se le elude porque está cargada de connotaciones negativas y se le concibe como a una antagonista. Es el pánico esencial pero sin salida. Es la perpetuidad del desgarro. El círculo ha perdido su flujo y la energía ha quedado estancada provocando más miedo y sufrimiento.

¿Cómo se expresa este temor silenciado?. Temiendo a todo lo que de un modo nos haga visualizar a la muerte. A esa muerte atentatoria de nosotros mismos que llevamos malamente inscrita. Todo lo que nos signifique pérdida y dolor en la medida que sea. Desde lo más prosaico hasta lo más fundamental. Pero tales pérdidas y tales dolores no son tales si volvemos a comprender y a vivenciar -como en nuestras raíces- que la vida llama a la muerte como la muerte a la vida y que nuestro hondo temor es realmente un hondo canto. Que es un ciclo dinámico como el del alba y el ocaso, como el de los instantes felices y las penas. Basta con observar nuestra historia individual y nuestro transcurrir cotidiano .. ¿cuantas veces hemos muerto?, ¿nuestra búsqueda y crecimiento interior no son acaso una aventura que también va de la mano de la muerte? ¿es que no la experimentamos en el amor, en el erotismo, en nuestra creatividad y en nuestras labores productivas?  ¡la hemos sentido viva muy dentro de nosotros! ¿y con que fuerza y en qué magnitud, la misma muerte nos ha traído a la vida más lúcidos, más grandes, mas fuertes?.

Ante el horror a la muerte se ha levantado una industria poderosísima, otro de los negocios usureros de nuestra sociedad desarrollada: el de la salud. Esta empresa, además, contribuye grandemente a la desigualdad y a la injusticia existentes en el mundo. Por supuesto que no se trata de estar en contra de los avances científicos y tecnológicos que contribuyen a la mejoría de los seres humanos (de algunos habría que agregar) y que nos recuerdan el don de la especie para conocer, descubrir y perfeccionar nuestra naturaleza.  Pero este afán por hacerle el quite a la enfermedad y al dolor, en suma por arrancar de la muerte como caballos desbocados, ha ido adquiriendo ribetes insanos que intensifican la equivocada y perjudicial relación que hemos establecido con ella. La salud resulta ser una suerte de lucha, una oposición, un enfrentamiento entre la vida y la muerte. La mágica energía que ha de reciclarse entre ambas se obstruye. Mientras no se sane ese vínculo y el miedo sea quien lo lidere, seguiremos enfermando tanto del cuerpo como del alma, a pesar de los progresos de la medicina y los adelantos tecnológicos. La raíz de la enfermedad está en ese mismo miedo, adentro de cada uno de nosotros y no hay mejor fármaco ni tratamiento que  sanar la angustia, la violencia, el egoísmo, los excesivos apegos y deseos. La verdadera sanación comienza por casa. La salud y la enfermedad, así como la vida y la muerte están en nuestro espíritu.

Los invito a conversar con Doña Muerte, a darle cabida armónica en nuestra existencia, ella es tan vieja y tan sabia como la vida, no viene de manera antojadiza ni por mero capricho. Su causa es natural pues un ciclo se completa.  Al respecto, mucho tenemos que aprender del pueblo mexicano que de un modo, a la vez  sacro y profano, la integra y la mantiene cerca. Y para terminar recojo una frase del generalmente incomprendido Marqués de Sade: "No hay mejor medio para familiarizarse con la muerte, que aliarla  a una idea libertina".
















martes, 17 de noviembre de 2009

¿Cual es la madre del cordero?

El miedo. El miedo y sus derivados e intensidades, desde el temor más sutil hasta el pavor más horripilante.

La expresión "la madre del cordero" viene a enunciar metafóricamente la raíz de una cuestión, la explicación sustancial, aquello que saca a la luz la significancia más relevante de una situación. Siendo así, reveladoras me parecen las imágenes de madre y de cordero en esta frase. Y como no, si este animalito precioso, especímen infante medio enclenque y asustadizo, emblema de la pureza y de la inocencia, símbolo de la mansedumbre, viene a ser el blanco perfecto para el engaño, el sacrificio, la matanza y la inmolación. Su balido estremece pues parece encarnar al más angustioso ruego de piedad ante el sufrimiento y el acecho de la muerte. Pero, ante todo, representa  el escalofriante sonido del miedo. Y que decir de la palabra madre con todas sus atávicas y permanentes connotaciones: de este modo la matrix, el útero, la causa primera. Seguramente al nacer lo vivenciamos de un modo tan traumante que no quedan registros conscientes de dicha experiencia.

Emoción primordial, instinto básico, asentado en la base del cerebro, el miedo es connatural a la esencia humana. Y necesario. Si nos resituamos en aquella remota época cuando iniciamos nuestro proceso de desprendimiento de la animalidad (la evolución darwiniana), en aquel tiempo del origen en que el ser humano toma conciencia de su ser y de lo que le rodea, cuando hubo de convivir con un entorno prolifero y dadivoso pero a la vez hostil y desconocido, cuando tuvo que procurarse el alimento lidiando de igual a igual con  otros mamíferos feroces igualmente hambrientos, cuando las inclemencias climáticas y los fenómenos de la naturaleza eran grandes incógnitas, inasibles y temerarias, cuando aún sin dios esta entidad emergente pugnaba por sobrevivir guiado por ese impulso de vida con el que fue dotado... sentir temor, experimentar el pánico, no debe haber sido tan sólo una experiencia cotidiana, si no también absolutamente imprescindible para dicha sobrevivencia. En tal contexto, el miedo es una alerta potente ante el peligro que  prepara al organismo tanto física como mentalmente para la reacción adecuada. Coexistir junto al terror y ganarle la batalla debió ser una consigna primitiva. Sin ese horror fundamental, la especie no hubiese pervivido. Así, lo llevamos inscrito en nuestro adn más profundo pero, sin duda hoy, nos relacionamos con esta emoción de un modo muy distinto al punto de haber desvirtuado sus beneficiosas funcionalidades.  Evidentemente, milenios más tarde, otras son las circunstancias. No tenemos que salir a cazar para alimentarnos ni nos apanicamos ante un trueno, como nuestros antepasados prehistóricos. La civilización y con ella el aprendizaje y el conocimiento, permitieron dar mayor tranquilidad y amparo a la humanidad,  Así, la cultura fue atenuando el impacto del afuera en la emocionalidad humana, dando paso a nuestra propia barbarie en contra de nosotros mismos, de nuestros semejantes, de los animales y del planeta. Es cierto que las catástrofes naturales continúan acaeciendo e incluso acrecentándose en respuesta al daño medio ambiental que el denominado progreso ha generado, y es tristemente cierto también que millares en el mundo no tienen cubiertas sus necesidades más elementales; pero más allá de esas realidades, y considerando además que el sistema en el que estamos insertos puede ser tanto más atemorizante, belicoso y desgastador que el cavernícola provocando en muchas personas la sensación de estar bajo una inminente amenaza, en un gran porcentaje, los temores actuales están  vinculados con nuestra interioridad: nuestros propios fantasmas, nuestros traumas infantiles, nuestras debilidades, nuestros círculos no cerrados. La estructura imperante lo sabe y desde allí nos manipula y nos doblega. Se autoconstruye y se perpetua en este caldo de cultivo: en el temor que nos hace mansos y nos convierte en rebaño, el que nos resigna y nos enajena, por el cual los macros poderes de toda índole imponen sus tiranías. El lobo nos engulle día a día disfrazado muchas veces de inofensiva oveja.

Hoy, el miedo, más que activar, paraliza. Más que convocar a la superación del mismo y con ella a la transformación personal y de lo que nos rodea, el miedo hoy nos convierte en entes pasivos que prefieren   aceptar lo inaceptable, que se conforman y se acomodan cobardemente. Lleva a la evasión y a las adicciones. Más que propulsar una acción que nos saque del atolladero, de la encrucijada; se convierte en ansiedad, en stress, angustia y depresión.  Enfermamos de temor y vivimos como corderos degollados. ¿Y a qué tememos?; podría confeccionarse, sin contar las fobias, una lista interminable: miedo a no ser amados, miedo al ridículo, miedo a la gordura, a la vejez, a la enfermedad, miedo a perder el empleo, miedo al "qué dirán", miedo a no cumplir ni con las propias expectativas ni con las de los demás, miedo a perder lo que se ha acumulado, miedo a los delincuentes, a ser gordo, a ser feo, a ser distinto; miedo al compromiso, miedo a la soledad, miedo a sufrir, miedo a ser vistos en toda nuestra humanidad.

Para terminar quiero relatarles una situación de la que fui testigo hace poco, tragicómica por cierto. Un hombre de 79 años se siente algo afiebrado, se toma la temperatura y efectivamente tiene un poco de fiebre, escasos 37.4 grados.  Al cabo de un rato, se coloca nuevamente el termómetro que ahora marca 38.4. El hombre es diabético e hipertenso, ya tuvo un infarto y le extirparon la próstata (nada fuera de lo común en estos tiempos), vive apegado a su bolsa con remedios, mirando el reloj a cada rato para recordar las numerosas ingestas que debe realizar. A pesar de ser éste un estado febril fácilmente controlable con un antipirético común, su señora llama al servicio de atención médica a domicilio al cual están suscritos y que cancelan religiosamente todos los meses. La doctora considera que hay que hospitalizarlo debido a su edad, a sus dolencias crónicas, a que fácilmente podría descompensarse; habría que hacer un estudio para buscar las causas, podría estar incubándose un cuadro infeccioso de alto riesgo, postula algunos probables diagnósticos, el señor y su mujer se aterran y en definitiva es ingresado al hospital, luego de variados llamados a diversos recintos en busca de camas pues al parecer gran parte del país se encuentra enfermo. Al llegar, ya no tiene fiebre y tras tres días de exámenes y observación se le da de alta. Nada. Sólo una cuantiosa cuenta por pagar y su agobiante temor a la muerte.

La conciencia de muerte que distingue a la naturaleza humana del resto de los seres, la nula preparación que en esta vida tenemos para recibirla, el horror ante el cadáver y la descomposición de nuestra materia, el porque, en general, le tememos y no la honramos; el suculento negocio que a partir de esto se ha desarrollado... son la madre más madre del cordero, del miedo a morir se desprenden todos los miedos.

(En un próximo post abordaré estos puntos enunciados. Por lo pronto los dejo con un cordero sacrificado)








martes, 10 de noviembre de 2009

Kandinsky, padre de la abstracción.


"... El espectador es hoy incapaz, salvo en excepciones, de tales vibraciones. Desea hallar en la obra de arte una simple imitación de la naturaleza que le sirva para algún fin práctico" (De lo espiritual en el arte - Wassily Kandinsky)
Durante largo tiempo y probablemente hasta el día de hoy, la abstracción en el arte ha encontrado resistencias en el público masivo. Han generado este fenómeno, numerosos prejuicios, la falta de vivencias relacionadas con la apreciación de lo abstracto y, ante todo, la hegemonía que durante siglos tuvo la expresión figurativa (naturalista y realista); en la práctica,casi toda la historia de la humanidad. Más allá de las diversas épocas y de los diversos estilos, la pintura figurativa se basa en la mímesis griega, es decir, en la imitación de la realidad; visto desde el espectador esto se traduce en figuras, motivos y temas que le son reconocibles pues son, en mayor o menor grado, un espejo de lo real. Y, aunque se plasmen imágenes mitológicas y fantásticas, o como en el Medioevo se busque expresar situaciones supra-terrenales, éstas se encarnan en formas identificables para la percepción habitual.
Cabe hacer notar que las primeras expresiones pictóricas y gráficas del género humano en la pre historia, fueron de carácter abstracto: formas geométricas, signos y simbolismos conceptuales. En tal sentido podría decirse que los movimientos abstractos retoman una tradición ancestral, provocando una re-vuelta a los orígenes que aparece como altamente inédita y trasgresora.

Aquellos/as que han pensado que las manifestaciones primigenias son “infantiles” o faltas de destrezas e intelecto, evidentemente, enfocan al arte abstracto desde esa perspectiva inhibiendo su comprensión y su goce. Siglos de tradición imitativa nos predispusieron a rechazar aquello que no aprehendemos de manera automática y racional, y generalmente, nos disgusta lo que no comprendemos. La pintura abstracta provoca una apertura hacia otras formas de conocimiento, otras áreas perceptuales, otras inteligencias; y exige al espectador indagar en aquellas dimensiones, dentro de si mismo.
Las tendencias vanguardistas surgidas en los albores del Siglo XX : cubismo, expresionismo, futurismo y fauvismo (encontrarán una breve reseña de la pintura fauve aquí en La Cala), se influyeron notoriamente unas a otras e interactuaron de tal modo que todas sembraron voluntaria o involuntariamente la semilla de la abstracción. Pero, fue al alero del Expresionismo Alemán -que tenía sus raíces en pintores como Ensor y Munch (este último ya comentado en La Cala)-, que Wassily Kandinsky fundó en 1911, el grupo Der Blaue Reiter ( El Jinete Azul ) configurándose aquí una sustantiva base plástica y teórica para la pintura abstracta, que se venía gestando como un proceso irrefrenable dentro de la historia del arte a partir de Paul Cezanne, quien postuló que todo en la naturaleza podía reducirse a un cono, un cilindro y una esfera.






Naturaleza Muerta de Paul Cézanne


Kandinsky no sólo fue un pintor de gran oficio y factura, fue también un teórico del arte, autor de los libros maestros: “Punto y línea sobre el plano” y “De lo espiritual en el arte”; esta doble condición le permitió crear sólidas plataformas filosóficas y poéticas para la obra abstracta adjudicándose con razón el título del padre de la abstracción. Otro aspecto fundamental que ha de subrayarse con respecto a este artista y al grupo El Jinete Azul, es la premisa de la interrelación de las distintas manifestaciones artísticas, concibiéndolas en igualdad de valor y como un todo. Dicho postulado no es menor ya que dicha forma de ver y de hacer sigue actualmente vigente.

En la historia de la pintura, el paso de lo figurativo a lo abstracto constituye un proceso, una deconstrucción de la imagen que comienza a perder su absoluta conexión con lo visible hasta llegar a desvincularse completamente. En esta obra de Kandinsky, el punto de vista cezanniano es llevado aún más lejos. Aún podemos vislumbrar el paisaje del cual brota la imagen abstracta y a la vez podemos percibir como se abstraen estas formas y colores de aquella realidad. Es esta una tela bastante ilustrativa del proceso de deconstrucción y reconstrucción, ese hurgar en la apariencia hasta extraer la médula. Develar el íntimo pálpito de cada forma. Así los montes, las piedras y la casa van trasmutando a lo curvo, lo recto, lo zigzagueante y lo sinuoso; las verticales, horizontales y diagonales reemplazan a la figuración evidente y se traspasa la realidad rumbo a otra dimensión que apela a los sentidos más que al intelecto. Igual transfiguración ocurre en los colores, concebidos como fuentes de expresión emocional y espiritual, como agentes musicales, vibratorios y rítmicos, como energías cósmicas que aúnan el alma de la naturaleza y el espíritu humano. Precisamente, a diferencia de lo que suele creerse, la abstracción busca un acercamiento al ánima del mundo, al germen divino de lo aparente, y por ello demanda y ofrece un acercamiento más contemplativo y meditativo que clausure lo más posible el pensamiento.
También esta obra de Kandinsky alcanza un aspecto “naif” (nativo-primitivo) que nos acerca a un sentimiento de niñez -puro y sano- y recuerda el intenso vínculo que el arte abstracto tuvo en sus inicios con las culturas primigenias y orientales.
Tonos fríos y cálidos en conjunción y el uso radical del negro y del blanco (hasta entonces escasamente utilizados en su valor cromático), la tela se va convirtiendo en una suerte de partitura donde se inscriben signos y señales. El resultado total adquiere una atmósfera poética, de un lirismo bondadoso. Un magistral manejo de los planos, de escorzos y perspectivas cruzadas, mantienen la sensación de quebrada, de ascenso y de descenso otorgando un atrayente movimiento a la obra como si una fuerza concéntrica quisiera arrastrarlo todo hacia su centro. Y entonces, el barquito, esta nave sin mar, homóloga del dibujo de un niño, como tal de una síntesis absoluta, salta ante nuestros ojos como una enérgica diagonal que atraviesa el plano y se adueña de la escena mientras, cantarina, se va a pique.




"... Y así como la sensación física del hielo frío puede ser más penetrante, despertar sensaciones más profundas y provocar una serie de vivencias psicológicas, la impresión superficial del color puede también convertirse en vivencia. La fuerza psicológica del color provoca una vibración anímica..."